Atravesó el jardín delantero con prisas y rompió a llorar nada más cerrar la puerta tras ella. Se desprendió de la mochila y pataleó como una loca. La abrió y todos los apuntes y ejercicios cayeron como los copos de nieve en una ventisca, rápidos y desorientados. No lograba escuchar nada más que sus chillidos retumbar en las esquinas de la habitación y no me atreví a bajar más alla de la mitad de las escaleras, temiendo que parte de la tormenta rebotara en mí. Mamá y papá acudieron deprisa, analizando el desastre que Mónica había originado en sólo dos segundos.
-Recógelo ahora mismo- ordenó mamá.
Mónica resopló, su cara se endureció y la furia enmudeció. De pronto los tonos cálidos del fuego que cruzaban su rostro se transformaron en unos tonos grises y violáceos allí en donde la luz no lograba asentarse. De pronto su cara se tiñó del color de la resignación, del silencio.
Recogió despacio los libros de texto y barrió el hielo de su ahogo. Mamá y papá desaparecieron y yo seguía plantado allí, como un idiota, casi temblando. Se dispuso a subir las escaleras y me miró. Soy de los que no aguantan la mirada por mucho tiempo, así que me aparté. No se movió. Seguía erguida unos centímetros más abajo y yo empecé a inquietarme y rascarme los antebrazos. Sabía perfectamente que a Mónica, una vez más, la habían arrinconado en una esquina mientras le teñían de violeta cada extremo del cuerpo. Sabía que había estado dando vueltas todo el recreo, huyendo de los insultos del resto. Sabía que quería llorar pero que no podía porque su corazón acabó por rendirse y optó por callarse. Nunca nadie la había escuchado de verdad. Recordaba perfectamente las tardes en la cocina en las que Mónica relataba sus días perdidos y recordaba cómo mamá y papá acaban riendo a la vez que concluían la conversación con un "Cuando aprenderás a ignorarles. Dentro de unos años te reirás de estas quejas."
Hoy por hoy me duele pensar en la soledad en la que Mónica nadaba, no sonrío al pensar en cómo sus latidos se apagaban y en cómo su alma se fundía nudo tras nudo. Sé que ella nota un dolor agudo en el pecho cada vez que piensa en ello y sé que nunca sonreirá a la infancia que se clava en su sombra. Hoy por hoy me doy cuenta de que yo tampoco hice nada y opté actuar del mismo modo que mamá y papá. Esperar a que las personas se hundan es la opción más fácil y yo, un gilipollas con todas las letras, hundí a mi propia hermana, haciendo uso de mis propias manos y asegurando con el gatillo de mi mirada que su vida no siguiera corriendo tras un sueño.
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miércoles, 23 de febrero de 2011
domingo, 14 de noviembre de 2010
Me veía capaz de llorar por cualquier tontería.
Lleva varios días perdida, con la libreta bajo llave. Por las noches la miraba a escondidas y un puchero se asomaba al comprobar que, en realidad, no tenía nada que escribirla. Pero ese día íbamos a ir a la costa en coche, y pude notar cómo poco a poco su piel cogía color. Las esperanzas seguían vivas y eso la devolvía a la vida.
En la carretera el motor ronroneaba y los ojos de Mónica se cerraban, cansados. La veía llena de historias, de personajes que presentar y de formas que dibujar. El cemento, el rocío de la mañana y las luces de los vehículos le despertaron el alma, se le notaba en el brillo de los ojos, en las medias sonrisas que le dedicaba a los cristales.
Yo también notaba cómo los trayectos sobre ruedas me transportaban, como me calmaban y cómo me invitaban a imaginar. Las luces de la autopista iluminaban mis sentimientos más escondidos y, mientras avanzaba a 120 kilómetros por hora, me veía capaz de llorar por cualquier tontería.
En la parada Mónica se llenó los bolsillos de caramelos y, mientras mamá pedía el menú, vi que anotaba algo en la libreta. El sueño le podía y, entre coma y coma, apoyaba la cabeza en la mesa. Eso le desplegaba la mente, o eso parecía, porque cada vez que avanzaba en las hojas más rosadas eran sus mejillas.
Con esta última imagen clavada en mi retina me retiré, fui hacia el coche y me dormí. Sabía perfectamente que despertaría con una historia nueva que anotar en la libreta de Mónica. Su cumpleaños estaba cerca y yo, en apenas dos segundos, ya sabía qué regalarle.
domingo, 26 de septiembre de 2010
I feel like a hero when you're by my side.
Estaba peleándome con el mando de la televisión, intentando dar con algún programa en el que no vociferasen tanto para dormirtar un rato, cuando Mónica me acompañó. La miré de reojo y durante los segundos que pasaron antes de que ella se dirigiese a mí estuve buscando una explicación. Ninguna de las al menos cincuenta que se me ocurrían, me convencían. Perplejo quise preguntarle qué quería ver, pero no pude hacerlo.
-Ya no me duele el estómago, ni el vientre ni nada parecido. Los dolores de cabeza ya ni los siento. No sé si porque me acostumbrado a ellos o porque han cedido. Las sienes ya no están a punto de explotar y llevo tres noches sin dormir frente a la buhardilla. Ya no tomo tanto cola cao y he pasado de estar inerte, inmóvil e inquebrantable a viva, inquienta y sensible. Estoy llorando a casi cada segundo- se le notaba. Tenía los ojos hinchadísimos- y tengo el hipo constante en la boca de mi diafragma.
Me quedé mudo. Aún estaba algo apesumbrado por el chorro de imágenes del televisor y por los alaridos indescifrables de los periodistas. Hacía muchísimo tiempo que Mónica no hablaba. Ni siquiera los saludos cordiales. Y ahora, de repente, todo esto. No lo asimilé lo suficiente porque dije:
-Entonces las predicciones de mamá y tu menstraución no han sido muy acertadas, pues ya no notas esos retortijones tan horribles en el vientre. Tienes trece años, pero a muchas chicas les viene a los catorce- me mordí los los labios y deseé tener un armario al lado mío para esconderme. Mejor una puerta.- Lo siento, Mónica, de verdad- murmuré.
Se hizo un silencio insoportable y Mónica miraba a la alfombra. Sólo esperé a que nada de lo que había dicho hubiese pasado por sus oídos. Tuve que romper ese silencio que empezaba a retumbar fuerte en mi cabeza. Se estaba volviendo insoportable.
-Mhm, esto... creo que sé lo que quieres decir, pero...
-Antes no dormía y era capaz de aguantar noches enteras. Una tarde, mientras buscaba la sombra de papá desde el alfeizar o el sonido del motor de su coche, me imaginé un bolsillo enorme. Con el estampado de una varita mágica. No sé porqué me vino de pronto a la cabeza, quizás estaba empezando a delirar. Pero decidí que si se me había aparecido tendría que ser por algo. Así que lo llamé el bolsillo del sueño. Ahí lo guardaba cuando, vencida por el cansancio, me empezaba a rondar la idea de acurrucarme bajo la manta. No lo guardaba en un sentido literal, claro. Pero de alguna forma me mantenía despierta. De repente, el otro día, me dormí. Cerré los ojos y no me desperté hasta la noche del día siguiente. Soñé con un día como los de antes y desperté horrorizada al darme cuenta que, la realidad se presentaba de forma más desastrosa que mis propios sueños. La idea de dormir todas las noches para evadirme me atrajo especialmente y ahora no sé cómo borrar ese pensamiento. Me avergüenzo de recordar que lo he pensado, que la bondad de mi persona se desvanece. Me estoy volviendo una egoísta, Asier. Los cola cao los tomaba para amenizar las noches, las tardes y las mañanas de los fin de semanas. También era un intento para saborear las mañanas de la vida que vivíamos. Sus cola caos eran los mejores y yo... yo sólo quería coger esas cosas que me hacían sentir viva y que, sin embargo, nunca lo llegué a tomar como una verdadera razón. Ahora sólo tomo dos tazas. No siento malestar en mi cuerpo. Nada. Ese dolor era la espina del amor que abandonó. Lo quería... lo quiero tanto... ¿Significa, entonces, que se ha marchado tan lejos que ya no le siento a mi lado? ¿Significa que se está esfumando? ¿Me está abandonando? ¿Lo..lo..?
-Mónica- la interrumpí mientras la estrechaba contra mí. Se sobraltó pero en seguida se desamordazó y noté sus brazos menos tensos- Sé que llevas sufriendo la muerte de papá desde antes de que llegara a tus oídos. Porque algo te dijo que sucedería, y como sabías que ese algo seguía flotando en el aire cuando la noticia te entró por los ojos, las culpas empezaron ha asediarte. Pero Mónica, detente. Por muchos días que te mantengas a alerta en la ventana no va a regresar. Tienes que empezar a olvidar y...
Me callé. Mónica se enderezó, me miró suplicante e, inmediatamente entendí que no podía terminar aquella frase. Ya sé la palabra que Mónica no quería pronunciar. Ya sé porque Mónica se relajó de forma tan inmediata cuando la acuné entre mis brazos. Agradecía que la hubiese interrumpido. Agradecía que yo la hubiese frenado a decir lo que ahora le provocaba remordimientos y lágrimas como cascadas. Olvidar las mañanas, los cuentos y las sonrisas que papá le dedicaba a Mónica era algo impensable y sólo un imbécil como yo era capaz de mencionarlo. Me dí cuenta de que estaba llorando cuando Mónica me secó las lágrimas y- ¡oh! lloré del entusiasmo al verlo- me dedicó una sonrisita.
-Yo sólo quiero recordarle cómo se merece. Recordarle sin este dolor que me acorta las respiraciones, sin las lágrimas enjuagando sus mejores chistes, barbacoas o tardes en la piscinas y sin tener que recoger pedacitos suyos en las esquinas. Sé que tú sabes hacerlo. Sólo quiero saber cómo.
-Ya no me duele el estómago, ni el vientre ni nada parecido. Los dolores de cabeza ya ni los siento. No sé si porque me acostumbrado a ellos o porque han cedido. Las sienes ya no están a punto de explotar y llevo tres noches sin dormir frente a la buhardilla. Ya no tomo tanto cola cao y he pasado de estar inerte, inmóvil e inquebrantable a viva, inquienta y sensible. Estoy llorando a casi cada segundo- se le notaba. Tenía los ojos hinchadísimos- y tengo el hipo constante en la boca de mi diafragma.
Me quedé mudo. Aún estaba algo apesumbrado por el chorro de imágenes del televisor y por los alaridos indescifrables de los periodistas. Hacía muchísimo tiempo que Mónica no hablaba. Ni siquiera los saludos cordiales. Y ahora, de repente, todo esto. No lo asimilé lo suficiente porque dije:
-Entonces las predicciones de mamá y tu menstraución no han sido muy acertadas, pues ya no notas esos retortijones tan horribles en el vientre. Tienes trece años, pero a muchas chicas les viene a los catorce- me mordí los los labios y deseé tener un armario al lado mío para esconderme. Mejor una puerta.- Lo siento, Mónica, de verdad- murmuré.
Se hizo un silencio insoportable y Mónica miraba a la alfombra. Sólo esperé a que nada de lo que había dicho hubiese pasado por sus oídos. Tuve que romper ese silencio que empezaba a retumbar fuerte en mi cabeza. Se estaba volviendo insoportable.
-Mhm, esto... creo que sé lo que quieres decir, pero...
-Antes no dormía y era capaz de aguantar noches enteras. Una tarde, mientras buscaba la sombra de papá desde el alfeizar o el sonido del motor de su coche, me imaginé un bolsillo enorme. Con el estampado de una varita mágica. No sé porqué me vino de pronto a la cabeza, quizás estaba empezando a delirar. Pero decidí que si se me había aparecido tendría que ser por algo. Así que lo llamé el bolsillo del sueño. Ahí lo guardaba cuando, vencida por el cansancio, me empezaba a rondar la idea de acurrucarme bajo la manta. No lo guardaba en un sentido literal, claro. Pero de alguna forma me mantenía despierta. De repente, el otro día, me dormí. Cerré los ojos y no me desperté hasta la noche del día siguiente. Soñé con un día como los de antes y desperté horrorizada al darme cuenta que, la realidad se presentaba de forma más desastrosa que mis propios sueños. La idea de dormir todas las noches para evadirme me atrajo especialmente y ahora no sé cómo borrar ese pensamiento. Me avergüenzo de recordar que lo he pensado, que la bondad de mi persona se desvanece. Me estoy volviendo una egoísta, Asier. Los cola cao los tomaba para amenizar las noches, las tardes y las mañanas de los fin de semanas. También era un intento para saborear las mañanas de la vida que vivíamos. Sus cola caos eran los mejores y yo... yo sólo quería coger esas cosas que me hacían sentir viva y que, sin embargo, nunca lo llegué a tomar como una verdadera razón. Ahora sólo tomo dos tazas. No siento malestar en mi cuerpo. Nada. Ese dolor era la espina del amor que abandonó. Lo quería... lo quiero tanto... ¿Significa, entonces, que se ha marchado tan lejos que ya no le siento a mi lado? ¿Significa que se está esfumando? ¿Me está abandonando? ¿Lo..lo..?
-Mónica- la interrumpí mientras la estrechaba contra mí. Se sobraltó pero en seguida se desamordazó y noté sus brazos menos tensos- Sé que llevas sufriendo la muerte de papá desde antes de que llegara a tus oídos. Porque algo te dijo que sucedería, y como sabías que ese algo seguía flotando en el aire cuando la noticia te entró por los ojos, las culpas empezaron ha asediarte. Pero Mónica, detente. Por muchos días que te mantengas a alerta en la ventana no va a regresar. Tienes que empezar a olvidar y...
Me callé. Mónica se enderezó, me miró suplicante e, inmediatamente entendí que no podía terminar aquella frase. Ya sé la palabra que Mónica no quería pronunciar. Ya sé porque Mónica se relajó de forma tan inmediata cuando la acuné entre mis brazos. Agradecía que la hubiese interrumpido. Agradecía que yo la hubiese frenado a decir lo que ahora le provocaba remordimientos y lágrimas como cascadas. Olvidar las mañanas, los cuentos y las sonrisas que papá le dedicaba a Mónica era algo impensable y sólo un imbécil como yo era capaz de mencionarlo. Me dí cuenta de que estaba llorando cuando Mónica me secó las lágrimas y- ¡oh! lloré del entusiasmo al verlo- me dedicó una sonrisita.
-Yo sólo quiero recordarle cómo se merece. Recordarle sin este dolor que me acorta las respiraciones, sin las lágrimas enjuagando sus mejores chistes, barbacoas o tardes en la piscinas y sin tener que recoger pedacitos suyos en las esquinas. Sé que tú sabes hacerlo. Sólo quiero saber cómo.
lunes, 30 de agosto de 2010
Ya quedan pocos inocentes.
En el otro rincón del patio, Sofía y Carolina discuten sobre los montones de tierra que guardan bajo los muslos. 'El mío es más grande', le dice la una a la otra. Así hasta que la sirena toca. Antes de llegar a las escaleras de la entrada, se paran, se miran entre ellas y señalan a Mónica. Luego, una de ellas, llegará a casa, le dirá a su madres que ya no tiene amigas porque Sofía ha hecho un montón de arena el doble de grande que ella, y que, por supuesto, es no es justo. Más tarde se aburrirán de dejarse los ojos frente al televisor y llorarán de nuevo, porque sus madres están demasiado cansadas como para molestarse en coger a las niñas, sentarse en un banco y esperar a que la niña caiga del columpio para que, por fin, puedan regresar a casa. Llantos de nuevo. Más tarde no les queda de otra que mirar a los adultos, escuchar sus conversaciones para lograr dormirse, aunque sea encima de la mesa.
Mientras tanto, Mónica divaga veinticuatro horas al día bajo la luz tenue que el suelo del cobertizo refleja. Empapada en sudor frío y con la mirada hundida detrás de los suspiros que empañanan los cristales del ventanal. Compone listas sobre qué hacer para que mamá deje de culparla, de odiarla y qué hacer para que las sonrisas no tensen su cara, sino que enjuagen sus ojos con un poquito de orgullo. Listas de cómo escalar hasta las nubes y comenzar a buscar a papá, cómo traerle de nuevo y qué hacer para que, allá en donde esté, sepa que le extraña.
Mónica dedica tardes enteras a cerrar los ojos para olvidar. Ya me he dado cuenta de que sólo está intentando olvidar una parte de su vida. Se dice a sí misma que lo intenta. Pero los recuerdos arropan a sus párpados cada vez que los cierra. Creo que lo está dando por imposible, por ese mismo motivo ahora los dibuja en miles de libretitas. Los necesita tanto como yo la necesito a ella. Le arrancan pucheros cada vez que los roza con la punta de los dedos y le hunden el corazón en las vértebras. Todos ellos eran ella dos años atrás, y como no sabe cómo titular a los momentos que le empañan las sonrisas, retrocede y se dice que ya lo hará más tarde. Y eso es algo que olvida con facilidad y algo que no podrá borrar cuando, sin necesidad de consejos, proverbios ni diccionarios, sepa qué es eso que la obliga a vivir cuando, al abrir los ojos, ve sus latidos palpitar hasta en el polvo que flota en la habitación y, que a su vez, le parezca lo más hermoso del mundo.
Siempre que escribo sobre ella me encierra una ternura gigantesca, que me ablanda el corazón. Vive sin tardes de parque los domingos, sin cromos que poder cambiar, sin cumpleaños que celebrar, sin helados que compartir y sin una infancia que poder recordar, contar u olvidar. Si veo a niños lloriquear en las juegueterías, la ira se asoma por mis pupilas. Sólo hasta que veo a Mónica sonreír, con los brazos cruzados y bajo una sombra imperturbable que ahora es su mayor confidente. No sé si es la curiosidad de saber qué se siente o el comienzo de una larga espera que se sienta a contemplar el crecimiento de los juegos y deseos de niña que dentro de ella están empezando a martillear.
Sin embargo, estoy muy pero que muy equivocado.
sábado, 10 de julio de 2010
El diario de Mónica.
Respiré tan metódicamente que noté cada partícula de oxígeno deslizar por mi tráquea. Al finalizar el día, me sentaba frente a la calculadora y empezaba los cálculos. Luego venían los pasos, los que anotaba junto con los saltos, los apaspavientos o chasquidos de dedos. Tenía listas completísimas con el número exacto de mis bostezos, inspiraciones, tembleques, pestañeos, castañeos de dientes y, sobre todo, de mis latidos. Un riguroso estudio de éstos me mantenía ocupada tardes enteras. Si se incrementaba el número en seguida buscaba los motivos que pudieron causar esa alteración y, en una lista ajena, los anotaba. Muchas veces era consciente de que mis problemas respiratorios podían interferir, pero últimamente ninguno me había atacado por sorpresa. Quería obviar que era el chico de la planta nueve el que, al salir del ascensor, me volvía loca. Teniendo en cuenta esto los cálculos más o menos se aproximaban. Aún así había otro motivo que frenaba a ese pulso antes desenfrenado. No sólo lo frenaba sino que, al rozar alguno de sus extremos, se estremecía y me encojía el corazón. Y claro que sabía ese motivo, como también sabía el colocón de pulsaciones a la salida del ascensor.
Ahora el motivo era un número al que, ni yo misma, sabía cómo disimularlo. La música sólo entumecía las razones y las sonrisas acababan en lágrimas. Las fotos recopilaban el número que le seguía e, inmediatamente, se enlazaba a la situación actual y retrocedía al anterior, avanzando hacia una vida tachada en todas mis metas, propósitos o esperanzas.
Cuatro es mi vida a partir de ahora y uno es el número que se le escapa por la puerta trasera.
Cuatro es el número que me queda y uno es el número al que no quiero olvidar.
Cuatro es el número que el viento me dedica y uno es el número que sigo esperando entrever entre los granos de arena mañana, el mes que viene y toda mi vida.
Cuatro no son las razones suficientes y una más las hace imprescindibles.
Cuatro suena a novedad, pero cinco suena a vida, amor, libertad, familia y papá.
Cuatro veces llamaré a tu puerta sin esperar respuesta.
Cuatro segundos he tardado en darme cuenta de que, por mucho que planifique mi vida, no te alcanzaré si tú no me esperas tras la esquina.
Cuatro años tardaré en terminar de decirte que detesto este número y que no sirven de nada mis palabras, mis anotaciones, mis cálculos ni mis latidos perfectamente cronometrados si tú no estás.
Vayas a donde vayas sabes que, justo aquí, te sigo queriendo infinito ♥
miércoles, 31 de marzo de 2010
Este cielo es un infierno.
Mamá siempre ha dicho que escriba con buena letra, para no tener que borrar una y otra vez sobre la hoja. Para no ensuciar las hojas del cuaderno, pero por más que me esfuerzo, el bolígrafo sólo traza curvas inlegibles, desiguales y sucias. Me acuerdo que una vez Mónica se quedó una tarde entera conmigo, muda y constante, guiando a mi manos por las cuadrículas del folio. Aún siento el silencio con el que logró recibir a mi tozudez. No respondió a mis protestas, ni siquiera me reprendió por ello. Tampoco levantó la mirada de la hoja. Llevaba días perdida. Todos sus consejos se convirtieron, al principio, en sugerencias malhumoradas y blasfemias. Después desaparecieron. Se le escaparon las ganas por la ventana de tanto esperar y las lágrimas se disolvieron entre los grumos de los cola cao que por las noches la acompañaban junto al alféizar de la ventana, atragantando a sus miedos. Depositándolos poco a poco en cada esquina de su cuerpo, resbalando de vez en cuando por sus pestañas cuando dormía. Su pelo oscuro rozaba su cara, rezagado y débil. Y si soplaba el viento, su boca se torcía hacia la izquierda. Una mueca de dolor que arañaba a la imaginación y la hundía en pequeñas gotas de sangre alojadas en sus comisuras. La felicidad cogió las maletas y la abandonó dejando libre una triste habitación de paredes grises y agrietadas en sus mejillas. Sus ojos se descascarillaron y se columpiaban al ras del suelo.
Mamá la llevó al médico porque decía que estaba enferma, pero no se daba cuenta de que Mónica estaba muerta en vida. Mamá nunca ha sabido observar la dirección de los pasos de las personas y si realmente lo supiese hacer se habría percatado de que Mónica perdió la dirección cuando intentó retroceder y sentarse sobre el césped verde junto a Papá. En el camino tropezó con un socabón y se hundió en él. Nunca ha sabido cómo salir de él, pero si ha sabido echarse mierda encima hasta ahogarse. Nunca me ha gustado eso que llaman realidad porque de real no tiene nada. Sólo te sorprende de vez en cuando, amordazándote a sus talones y, desvistiéndose, intenta entretenerte, para que se te pase el susto. Por eso Mónica anda a tientas por el suelo.Sus sentimientos están en off y las personas no tenemos botones ni sistemas por control remoto. La realidad se le ha presentado en forma de carta sobre la colcha de su cama:
Papá ha muerto.
Nunca supe ser valiente. Ya no sé levantar los ojos del suelo, ando demasiado ocupada intentando huir de la verdad.
jueves, 21 de enero de 2010
Vive muerta todos los segundos de su puta vida.
Y a Mónica seguía sin gustarle la nieve. Escuchaba las quejas de su madre en el alféizar de la ventana, mirando hacia fuera, aburrida. Si miraba un poco arriba se veían volar bombas blancas de un lado para otro, cayendo en los abrigos húmedos de los niños que, a su vez, sus manos volvían a desprender esas mismas bombas, variando de tamaños. Cada vez que una de esas bombas aterrizaban en sus cuerpecitos éstos desprendían carcajadas divertidas, que recorrían la calle de esquina a esquina. Nunca entendió que tenía de gracioso aquello.
Hacía tiempo que papá dejó de dormir en su casa. Hacía tiempo que papá no le preparaba colacao con canela. Hacía mucho tiempo que su padre no la sonreía. Por eso se pasaba tardes enteras junto al alféizar de la ventana del salón, desde allí se ve perfectamente los dos extremos de la calle y la puerta del garaje. Cuando se bebía su colacao insípido dejaba la taza cerca de la ventana que estaba abierta, para que el olor del chocolate que se quedaba seco en el fondo le llegara a su padre si algún día llegaba. Creo recordar que son 34 tazas las que suele poner en línea recta frente a la ventana, al llegar a este número tiene que reponer. Justo en la mesa caoba de la izquierda estaba su libro favorito y un reloj, pero lo quitó al ver que las manecillas giraban demasiado lentas. Se dijo que no podía haber pasado solo un segundo en lo que había parecido una eternidad. Lo tiró. Era su madre quién la avisaba de las horas de las comidas y, sin contar con la escuela, eran las únicas pausas que se permitía para dejar libre la ventana. A las nueve y media de la noche su madre la mandaba acostar y era entonces cuando cogía su manta y su almohada. Luego intentaba quedarse dormida.
Una semana después, la nieve se había fundido y había desaparecido entre los poros del asfalto. En pocas palabras, las clases abrieron de nuevo sus puertas, cosa que la entristeció sobremanera; la ventana quedaría sin vigilancia alguna durante al menos 7 horas. Tuvo que subirse a los hombros de la resignación. Las clases transcurrían lentas, o al menos eso le decía el dichoso reloj. Odiaba los relojes. En los recreos se sentaba en los bancos que tenían cerca alguna ventana. Quizás algún día papá se acercase a verla o a recogerla. Cuando la profesora les daba la salida, Mónica preparaba 5 minutos antes su cartera, dejando la mesa impoluta. No quería perder ningún segundo.
Al llegar a casa vio que bajo las gafas de mamá corría un riachuelo sobre sus mejillas, desembocando en sus labios. No se atrevió a preguntar, igual que con lo de papá.
Mónica terminó de hacer los deberes y fue a enseñárselos a mamá. Hablaba sola o por teléfono. Su voz sonaba rota y desconsolada. Gritaba y lloraba. Lloraba y gritaba. No paraba de repetir: << Eres un cabrón. Un hijo de la gran puta. ¿Para qué coño tenías que denunciarme?>> Congestionada, Mónica suspiró. No sabía si debía llorar. No entendía nada. De un golpe se encontró con la figura de su madre; desfigurada y descompuesta. El maquillaje se conviertió en un gran nubarrón y su pelo parecía haberse enredado entre las ramas de un arbusto. La miró firmente y la dijo:
- ¡Mira Mónica! ¡Mira lo que dice el cabrón de tu padre!
Mamá le colocó el teléfono en la oreja, y al otro lado del teléfono escuchó:
- ¡Te repito que no es mi hija joder!No es mi hija. No es mi ... hija.Traéme a Asier y a Daniel. A ella te la quedas tú.
En ese instante mamá volvió a coger el teléfono y chilló con voz gangosa y y sollozos contínuos.
- ¡Que yo no la quiero tampoco aquí!
Le cerró la puerta en las narices, y literalmente. Comenzó a sangrarle la nariz, pero no lo notó. A veces se puede matar en vida a una persona, aunque sólo sea por un segundo.
Hacía tiempo que papá dejó de dormir en su casa. Hacía tiempo que papá no le preparaba colacao con canela. Hacía mucho tiempo que su padre no la sonreía. Por eso se pasaba tardes enteras junto al alféizar de la ventana del salón, desde allí se ve perfectamente los dos extremos de la calle y la puerta del garaje. Cuando se bebía su colacao insípido dejaba la taza cerca de la ventana que estaba abierta, para que el olor del chocolate que se quedaba seco en el fondo le llegara a su padre si algún día llegaba. Creo recordar que son 34 tazas las que suele poner en línea recta frente a la ventana, al llegar a este número tiene que reponer. Justo en la mesa caoba de la izquierda estaba su libro favorito y un reloj, pero lo quitó al ver que las manecillas giraban demasiado lentas. Se dijo que no podía haber pasado solo un segundo en lo que había parecido una eternidad. Lo tiró. Era su madre quién la avisaba de las horas de las comidas y, sin contar con la escuela, eran las únicas pausas que se permitía para dejar libre la ventana. A las nueve y media de la noche su madre la mandaba acostar y era entonces cuando cogía su manta y su almohada. Luego intentaba quedarse dormida.
Una semana después, la nieve se había fundido y había desaparecido entre los poros del asfalto. En pocas palabras, las clases abrieron de nuevo sus puertas, cosa que la entristeció sobremanera; la ventana quedaría sin vigilancia alguna durante al menos 7 horas. Tuvo que subirse a los hombros de la resignación. Las clases transcurrían lentas, o al menos eso le decía el dichoso reloj. Odiaba los relojes. En los recreos se sentaba en los bancos que tenían cerca alguna ventana. Quizás algún día papá se acercase a verla o a recogerla. Cuando la profesora les daba la salida, Mónica preparaba 5 minutos antes su cartera, dejando la mesa impoluta. No quería perder ningún segundo.
Al llegar a casa vio que bajo las gafas de mamá corría un riachuelo sobre sus mejillas, desembocando en sus labios. No se atrevió a preguntar, igual que con lo de papá.
Mónica terminó de hacer los deberes y fue a enseñárselos a mamá. Hablaba sola o por teléfono. Su voz sonaba rota y desconsolada. Gritaba y lloraba. Lloraba y gritaba. No paraba de repetir: << Eres un cabrón. Un hijo de la gran puta. ¿Para qué coño tenías que denunciarme?>> Congestionada, Mónica suspiró. No sabía si debía llorar. No entendía nada. De un golpe se encontró con la figura de su madre; desfigurada y descompuesta. El maquillaje se conviertió en un gran nubarrón y su pelo parecía haberse enredado entre las ramas de un arbusto. La miró firmente y la dijo:
- ¡Mira Mónica! ¡Mira lo que dice el cabrón de tu padre!
Mamá le colocó el teléfono en la oreja, y al otro lado del teléfono escuchó:
- ¡Te repito que no es mi hija joder!No es mi hija. No es mi ... hija.Traéme a Asier y a Daniel. A ella te la quedas tú.
En ese instante mamá volvió a coger el teléfono y chilló con voz gangosa y y sollozos contínuos.
- ¡Que yo no la quiero tampoco aquí!
Le cerró la puerta en las narices, y literalmente. Comenzó a sangrarle la nariz, pero no lo notó. A veces se puede matar en vida a una persona, aunque sólo sea por un segundo.
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