(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


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jueves, 23 de agosto de 2012

Devolvieron a un pobre infeliz el primer febrero, la primera oportunidad para continuar.


-Frena, kamikaze- dije alzando la voz, acallada por el murmullo del viento.

Paró en seco. No miró hacia atrás, simplemente frenó, obedeciendo, cediendo. A medida que me acercaba a él descarté la posibilidad de que me hubiese escuchado, su mirada parecía perderse entre los columpios que se elevaban, entre la fila de niños que esperaba su turno tras el tobogán. Me acerqué a un banco y me senté, esperando a que se moviera de ahí. Se encogió de hombros y se sentó a mi lado. Resoplaba minuto sí minuto también. Apoyó su cabeza sobre mi regazo, ideas con cascarón, ilusiones imprudentes y un futuro incierto manejaban una decisión a medias.

-A la hora de comer se irán todos. Esperaremos hasta entonces.

Me agarró la mano. Sus pequeños dedos rozaban con delicadeza la palma de mi mano. Los movía con intranquilidad. La continuidad fragmentada de la infancia saltaba de un cuerpo a otro, de una vida apenas empezada a una existencia estancada. El aroma de los horarios escolares, de las preocupaciones banales, de los juegos infantiles y de los colores del chándal de los viernes empezaron a solaparse en la tarde de aquel jueves nublado y ventoso. Se extendía sobre mí un abanico de anhelos que creía olvidados. De pronto mi rostro aniñado, mis ojos casi encendidos, mis manos diminutas revolviéndose entre los bolsillos del chubasquero a rayas, los zumos en el compartimento derecho de la mochila, el paraguas con orejas de gato, las botas de agua sumergidas en cada uno de los charcos que me separaban del colegio, mis mejillas encendidas, mi pelo cayendo de forma desigual sobre mis orejas, y mi voz chillona, alentada por los fracasos próximos, me levantaron de aquel banco. Su mirada escrutaba el temor que iluminaba mi rostro y con una sonrisa torcida pretendí tranquilizarlo.Su mirada, inquieta, rápida e interrogativa contenía toda la intensidad que podía albergar una vida, una chispa fortuita. Un gesto voltaico. Rápidamente iluminó y descubrió cada una de las costuras de mis distintos disfraces. Instintivamente me escondí tras mis manos. Caricaturas pretéritas se deformaban en torno a nosotros, impulsadas por las ráfagas. Burlas, imágenes cómicas señalaban la irrealidad que me arropaba desde la adolescencia. Hundido bajo tiempos inacabados me salvó del oleaje con una sonrisa. Sus dientes se asomaron, sus comisuras suavizaron las sombras grotescas que me arrancaron de su lado. Sus ojos, aún iluminados, devolvieron a un pobre infeliz el primer febrero, la primera oportunidad para continuar.

No quise soltarle de la mano en junio, ni en septiembre ni cuando su voz denotaba su nueva condición, retratada en emociones exaltadas, en un éxtasis sentimental. Otros diez años más tarde la barba sombreaba su rostro, sus rasgos imitaban de forma más sutil y delicada mis facciones deshumanizadas. No quise soltarte nunca. Y ahora que los recuerdos se me nublan soy la desolación que se conjuga en las madrugadas más profundas.

Eras toda mi vida.

Eres mi vida. De principio a fin.

viernes, 29 de abril de 2011

¿De verdad que no tienes frío?




¿De verdad que no quieres un abrigo? Mira que yo te abrigo, eh. Pero ahora mismo. Ven aquí anda, que la nariz es del mismo color que tu pelo. Tráeme cuando vengas esa taza de ahí. Ah, y el azúcar. Bueno sí, tráeme también una cucharilla.
Tú dirás, yo sólo estoy aquí para dar calor al mundo. Yo sólo existo para hacer desaparecer la piel de gallina. ¿Que tienes frío? Pues yo te doy aliento. ¿Que tiritas? Me convierto en infusión, en un tazón de colacao o en un susurro que te cante nanas por las noches. ¿Que te castañean los dientes? Te beso en las mejillas.
Oye, chica, no estés tan muda, he venido a salvarte, sal ahora mismo del glaciar y acércate aquí con todo lo que te he pedido, también sé convertirme en hoguera. ¿No te gusta cómo se rompen las llamas? Pues nada, también soy cuentacuentos, ¿sabes? Sé de primera mano que pueden hacer arder corazones.
Veo que te estás volviendo azul, ¿quieres que me vaya y que esperemos a que te derrita el sol?
¿De verdad que no quieres un abrigo? Creo que yo acabaré por romperme de frío sólo con mirarte, y eso que soy un estúpido corazón enamorado bajo tu pecho. Yo quiero decir unas cuantas cosas y tú no me dejas, boca de escarcha. Al final acabaré convirtiéndome en Invierno y todavía no hay abrigos para cuerpos como el mío.

miércoles, 27 de abril de 2011

Pero, como siempre, te equivocas.


Con el semblante serio atendía en clases, sin alterar ni un centímetro la rigidez de su rostro. Estaba en la esquina de atrás y siempre esperaba a que todo el mundo saliera antes que él. Recogía despacio los libros y, mirando cómo la profesora se miraba las uñas mientras esperaba, metía el estuche en el bolsillo pequeño.
Si lo empujaban, no se giraba, ni siquiera suspiraba. Se tambaleaba entre el griterío y esperaba a que el siguiente le propinara el enésimo empujón del día.
Mientras los profesores dejaban resbalar las lecciones entre tiza o diapositivas, él las ignoraba con soltura. Los miraba a los ojos, observaba cómo sus muñecas se retorcían sobre sí mismas cuando una batalla explotaba en los siglos en los que la gente de ahora aún no latía. Si los profesores daban con su mirada, él, con una agilidad innata, las esquivaba y garabateaba cualquier frase en la agenda. En realidad la rutina señalaba su rostro y con el paso del tiempo terminaba por consumirlo. Permanecía bajo ese silencio desde la primera hasta la última hora. Y nadie decía nada. Nadie comentaba nada. Nadie lo nombraba en sus conversaciones y nadie sentía tener motivos por los que levantar la cabeza de su ombligo y mirar sobre la silla en la que se sentaba. Quizá sea yo que soy una persona algo extraña, que los desconocidos pintan muchos de los huecos vacíos que se arremolinan en mi estómago todos los días. Quizá sólo sea yo a la que le mantenga entretenida los labios mudos, los nudillos y todas esas cosas que nos atrapan en los segundos que nos atrevemos a desperdiciar. No puedo evitar mirar a una fila humana e inventar el porqué de sus pucheros, de sus párpados cerrados. Me gusta sentarme y valerme de nimiedades para saber cómo pueden moverse esas personas cuando yo no las miro.
Puedes pensar que ocupo un sitio porque sí, que, al igual que yo no me hallo en tu campo de visión a no ser que despegue en cohete, tú tampoco sueles iniciar un despegue en alguna de mis pistas de aterrizaje. Pero, como siempre, te equivocas. Tengo todo el tiempo del mundo para robarte el aroma que ni siquiera crees tener y hacer rimas incoherentes con él, para luego meterlo en tazas y hacértelo beber.
Y, sin embargo, yo no tengo ninguna garganta que atravesar.