(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


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lunes, 10 de septiembre de 2012

Promete no contar conmigo.




 -Promete no contar conmigo. Promételo.

El cigarrillo se consumía entre sus dedos. Apuraba con deleite el último del paquete. Refugiados bajo una entrada del centro comercial nos resguardábamos del granizo. Volvió a enrollarse la bufanda en torno al cuello con ademán distraído. En pequeños grupos la gente corría hacia dentro. No les prestaba atención. Ni siquiera al hielo que se partía al chocar contra el suelo. Miraba más allá de la niebla que se cernía sobre el aparcamiento. Un pensamiento la mantenía ocupada.


Quizá fue una tontería comprobar que ella también me necesitaba. Sin embargo el miedo a fallarme, a fallarnos, era más fuerte. Tras el primer roce un ataque histérico la despegó de mí aquella y todas las noches que la siguieron. Entre lágrimas sofocadas me imploraba que me alejara, que no era a ella a quien yo buscaba, que no era ella a quien yo debía querer. Inmóvil observé cómo se dejaba caer sobre el suelo. Negaba con la cabeza. Nerviosa se retiraba el pelo de la cara, se frotaba los ojos y murmuraba:

-Créeme, por favor, créeme. No soy yo, no lo soy.

Cuando se tranquilizó simplemente decidió enfrentarse, convertirme en su enemigo. Tan sólo se limitaba a intentar hundirme, a herirme. Cada ataque iba acompañado de una mirada suplicante. Desconcertada y al borde de las lágrimas ante mi impasibilidad espetó:

-¡¿Qué?! ¿Soy yo la que tiene que irse? ¿Qué más necesitas para darte cuenta de que no soy quien crees que soy? ¿No te lo advertí cuando aún podía hacerte reír? No me lo hagas más difícil, por favor.

Advertí sus intenciones en cuanto cesaron los primeros sollozos. Ella era la primera imagen con la que despertaba y ya echaba de menos, un juego infantil no descalabró mi firme convicción, la seguridad con la que la miraba y sabía, sin lugar a dudas, que era ella. Que siempre fue ella. La abracé, la retuve toda la noche y con recelo se dejaba caer en mis brazos en cada despedida.

-Promete no contar conmigo. Promételo.

 Fue rápida. Al tiempo que lo decía me esquivaba. No parecía aliviada. Tampoco quiso advertirme, sólo quería que, aún respirando a apenas cinco centímetros el uno del otro, la necesitase y la quisiese a kilómetros de distancia. Sólo se adentraba en terrenos desconocidos. Sólo estaba perdida, desorientada, terriblemente asustada. Trataba de mirarse y no ver heridas. Y aunque oía cómo latía desesperadamente a mi lado, la entendía. Nadie quiere herirse y curar las heridas con un dolor prolongado, pero yo la quería. Me importó su dolor, de hecho también me dolió. Sin embargo no pude sofocarlo alejándome de ella. Permanecí a su lado. Y a veces el escozor es insoportable. Necesitarla del modo en el que la necesito abre todas las heridas. Sinceramente, prefiero arriesgarme siempre que las heridas lleven su nombre.

-Lo prometo- mentí. El granizo cesó, el silencio se instaló no sólo entre nosotros, invadió toda la atmósfera que ella consumía con cada calada.

Y sonrió. Sí, estoy completamente seguro de ello. Sé que no me equivoco. Aún llevo esa sonrisa clavada en mí.

viernes, 31 de agosto de 2012

Y es feliz. Repito, es feliz.





Había huido del alcohol. Me había refugiado en las sombras de aquellos que arrastraban las palabras, los seguía a tientas, contrariado, riendo a ratos. Ellas corrían, los trajes de noche perdían brillo, las sonrisas se trababan, los roces tropezaban. La noche, decían, acababa de empezar. La oscuridad se alargaba cuesta abajo, las voces se sucedían, las siluetas se enredaban, yo me mentía. Estaba por fin tranquilo. Respiraba aliviado. Cuando las madrugadas me abrigaban notaba mi pecho expandirse, mis angustias difuminarse. Y sólo entonces me permití sonreír. En aquella cuesta abajo, aquella noche casi otoñal, entre aquellos torpes alaridos, sentí por primera vez en mucho tiempo cómo el dolor se rendía, de desplazaba y me daba una tregua. 
Sin despedirme di la vuelta y me alejé. Era cierto, la noche sólo había empezado, se dejaba caer casi sin ganas. Bajé las escaleras, busqué calderilla y pagué mi billete. Las vías desgastadas, ya agitadas, vaticinaban la próxima llegada. Avancé poco a poco hasta que se paró. Dudé y me dirigí al tercer vagón. Al final, contra la ventana, logré encontrar un sitio. Me senté y observé a mi alrededor. Una chica pelirroja sostenía frente a mí un libro. No me esforcé por leer el título. Junto a ella un hombre de americana azul miraba de soslayo las líneas que ella pronunciaba en silencio, y, ocupando dos asientos, un niño dormía ya con la boca entreabierta. Las luces fuera se alargaban en líneas curvas, imprecisas, aparentando ser infinitas. Y tras ella la ciudad anestesiada, soñolienta, anhelante. Y al otro lado de la puerta, en los asientos centrales, ella, aquella chica, aquella completa desconocida, desviaba la mirada, parpadeaba nerviosa, trataba de evitar las lágrimas que ya corrían mejillas abajo. Sorbía casi en silencio. Procurando disimular, se secaba las lágrimas. Le temblaba el labio inferior. Era un color de invierno desvaneciéndose entre el vaivén de un tercer vagón. Se dibujaba la distancia, la pérdida y la supervivencia en sus rasgos ahogados, desesperados. Creo que fue aquella noche la primera vez que le vi los ojos al miedo, al terror más infinito, escondido entre una bufanda gris oscuro. Y lo sentí conjugado con el letargo, próximo a la melancolía más profunda.

Y me acerqué. Me senté junto a ella. Giró la cabeza hacia el otro lado y, sosteniéndole el mentón, la obligué a mantenerme la mirada. Las pupilas se le hundían en lágrimas, la tristeza la tenía agarrada, amordazada, pendiendo de una existencia desoladora. Pero me miró. Y con un puchero dejó escapar un llanto aterrado, conmovido, casi gutural, y entre espasmos cayó sobre mi regazo. Enredé el pelo que caía por su nuca y cuando volvió a incorporarse fui yo quien le secó las lágrimas que le desfiguraban el rostro. El maquillaje, convertido en desastre, se deslizaba hasta la barbilla. El pelo se le pegaba a las comisuras, respiraba agitada, el pecho le reventaba, la voz se le escapaba, se lamentaba entre sollozos. Y cuando el temblor le permitió respirar con más calma, me acerqué a su oído.

-Estoy aquí. Te estoy sosteniendo.

Me miró, me examinó en silencio agradecida, aliviada.

-Pero ya no llores más, que yo te prometo que no te vas a caer.

Y la abracé. La estreché. Le susurré un “te soltaré cuando me lo pidas” y supe que jamás la olvidaría.

Ella se bajó. Se desenredó de entre mis brazos y se dirigió hacia la puerta. Las puertas se abrieron. Volvió a mirarme.

-Adiós- murmuró.

Se apeó en aquella estación.

Y sigo cogiendo el mismo tren cada semana. Y cada semana sigo esperando verla, pero sonreír. Y estoy firmemente convencido de que llegará ese momento. Ese instante en el que entre y la vea con la cabeza apoyada sobre un veinteañero de vaqueros desgastados. Y veo su sonrisa. La veo expandirse. La veo feliz.

Y me conmueve ser ese desconocido.

Y sé que bastará con cerrar los ojos e imaginar la vida que podría haber tenido antes de haber visto su cuerpo arrollado en las vías contiguas al tren en la que la vi marchar en cada una de las portadas de los periódicos nacionales.

Y cada día cierro los ojos y la veo en ese vagón. Ocupando el mismo asiento.

Y es feliz.

Repito, es feliz.

miércoles, 18 de mayo de 2011

No encuentro mi lado izquierdo.





-Pero, ¿qué haces?- dije con la copa de brandy en mi mano izquierda.

Ella apagó la colilla con la punta del pie y se quedó mirando el nubarrón de ceniza que dibujó en el asfalto. Luego se miró la suela. Avanzó ignorándome, examinando el suelo, recogiendo los átomos que se encontraba cada vez que se permitía pestañear. Es una chica peculiar. Sabe en qué momento debe parpadear. Humedece su retina siempre que ella quiere. Puede pasarse días enteros camuflada bajo la mirada más desértica del planeta. También elige respirar y a los nueve años decidió desvincularse por completo del oxígeno. Lo que recorre sus fosas es todavía un misterio, pero cuando se cansa de las avalanchas interrogatorias, dice que respira el olor que desprende una macedonia de frutas. Yo sé que miente desde que sé que también elige cuántos latidos dar en un día. Hay días que se lo saca por la garganta y lo guarda en unas cajas color púrpura. Cuando lo saca es del mismo color. Creo que lo mete ahí cada vez que se vuelve de color amarillo (porque desde que dejó de respirar como tú y como yo su sangre dejó de ser roja para siempre). Otros días lo guarda en los pulmones. Eso lo sé porque en esos días no deja de llorar.


Aquel día respiraba su propia mezcla y latía en diferido. Parpadeaba una vez cada cuatro minutos. Algo la inquietaba. Estaba buscando algo, por eso en realidad estaba intenando fingir que era una mortal más. Y yo me llenaba de alcohol, de desolación y del olor muerto de aquel cigarro. Y le clavaba la mirada tan hondo que podía notar la tensión de sus músculos al percibir las puñaladas que le iba atestando, unas tras otras. Sólo lo notaba yo. Ella no quería notar mi mirada desde que la besé en el centro de Estocolmo. Cambió la tonalidad de su sangre por miedo a ser una suceptible que, minutos después a nuestro beso, pudiera ser amada. No tiene la sangre roja. Nunca se enamorará de mí. Pero ya sabes qué voy a hacer. Uno aprende a teñir la circulación sanguínea de su vida.



-Estoy recogiéndome. Esta mañana me rompí al bajar las escaleras y no encuentro mi lado izquierdo- dijo tras una larga pausa.

viernes, 29 de abril de 2011

¿De verdad que no tienes frío?




¿De verdad que no quieres un abrigo? Mira que yo te abrigo, eh. Pero ahora mismo. Ven aquí anda, que la nariz es del mismo color que tu pelo. Tráeme cuando vengas esa taza de ahí. Ah, y el azúcar. Bueno sí, tráeme también una cucharilla.
Tú dirás, yo sólo estoy aquí para dar calor al mundo. Yo sólo existo para hacer desaparecer la piel de gallina. ¿Que tienes frío? Pues yo te doy aliento. ¿Que tiritas? Me convierto en infusión, en un tazón de colacao o en un susurro que te cante nanas por las noches. ¿Que te castañean los dientes? Te beso en las mejillas.
Oye, chica, no estés tan muda, he venido a salvarte, sal ahora mismo del glaciar y acércate aquí con todo lo que te he pedido, también sé convertirme en hoguera. ¿No te gusta cómo se rompen las llamas? Pues nada, también soy cuentacuentos, ¿sabes? Sé de primera mano que pueden hacer arder corazones.
Veo que te estás volviendo azul, ¿quieres que me vaya y que esperemos a que te derrita el sol?
¿De verdad que no quieres un abrigo? Creo que yo acabaré por romperme de frío sólo con mirarte, y eso que soy un estúpido corazón enamorado bajo tu pecho. Yo quiero decir unas cuantas cosas y tú no me dejas, boca de escarcha. Al final acabaré convirtiéndome en Invierno y todavía no hay abrigos para cuerpos como el mío.

miércoles, 27 de abril de 2011

Pero, como siempre, te equivocas.


Con el semblante serio atendía en clases, sin alterar ni un centímetro la rigidez de su rostro. Estaba en la esquina de atrás y siempre esperaba a que todo el mundo saliera antes que él. Recogía despacio los libros y, mirando cómo la profesora se miraba las uñas mientras esperaba, metía el estuche en el bolsillo pequeño.
Si lo empujaban, no se giraba, ni siquiera suspiraba. Se tambaleaba entre el griterío y esperaba a que el siguiente le propinara el enésimo empujón del día.
Mientras los profesores dejaban resbalar las lecciones entre tiza o diapositivas, él las ignoraba con soltura. Los miraba a los ojos, observaba cómo sus muñecas se retorcían sobre sí mismas cuando una batalla explotaba en los siglos en los que la gente de ahora aún no latía. Si los profesores daban con su mirada, él, con una agilidad innata, las esquivaba y garabateaba cualquier frase en la agenda. En realidad la rutina señalaba su rostro y con el paso del tiempo terminaba por consumirlo. Permanecía bajo ese silencio desde la primera hasta la última hora. Y nadie decía nada. Nadie comentaba nada. Nadie lo nombraba en sus conversaciones y nadie sentía tener motivos por los que levantar la cabeza de su ombligo y mirar sobre la silla en la que se sentaba. Quizá sea yo que soy una persona algo extraña, que los desconocidos pintan muchos de los huecos vacíos que se arremolinan en mi estómago todos los días. Quizá sólo sea yo a la que le mantenga entretenida los labios mudos, los nudillos y todas esas cosas que nos atrapan en los segundos que nos atrevemos a desperdiciar. No puedo evitar mirar a una fila humana e inventar el porqué de sus pucheros, de sus párpados cerrados. Me gusta sentarme y valerme de nimiedades para saber cómo pueden moverse esas personas cuando yo no las miro.
Puedes pensar que ocupo un sitio porque sí, que, al igual que yo no me hallo en tu campo de visión a no ser que despegue en cohete, tú tampoco sueles iniciar un despegue en alguna de mis pistas de aterrizaje. Pero, como siempre, te equivocas. Tengo todo el tiempo del mundo para robarte el aroma que ni siquiera crees tener y hacer rimas incoherentes con él, para luego meterlo en tazas y hacértelo beber.
Y, sin embargo, yo no tengo ninguna garganta que atravesar.

lunes, 25 de abril de 2011

¿Qué será de nosotros?



Hoy he empezado a hacerme invisible. Me he percatado de ello esta mañana, cuando la sombra de las gotas de agua se proyectaban bajo la trasparencia de mis talones. Ha sido una huida sigilosa, a cámara lenta. He ido esfumándome por horas y mis pies se han marchado antes de que pudiera darles señales de salida. A mediodía las rodillas se camuflaron con el fondo y retrocedieron o avanzaron sin mí y me dejaron mirándome asustada los bordes de mi falda. A la noche yo ya no era nada y vagaba por los rincones de mi habitación agazapada. Deambulé en la madrugada y esperé a que aparecieras, estaba sentada en el bordillo, observando las colillas, el temblor del suelo y el color azulado del mundo que poco a poco he ido dejando atrás. Siempre pensé que podría ver mis extremidades agitarse mientras el mundo se iba desprendiendo de mi existencia, pero exactamente no sé cómo apoyar los pies porque no me localizo, no sé el ángulo en el que se separan cuando permanezco de pie ni el arco que forma mi espalda cuando espero acurrucada a que se esfume el día. En realidad, soy consciente de que me caigo, de que las ramas de los árboles no me perciben y que, si intento salvarme sujetándome a una de ellas, no habrá nada con lo que poder ascender del suelo. No soy nadie y no soy nada. Soy el oxígeno que se ha esfumado de mi fotosíntesis cardíaca y tú, aunque no te des cuenta, me estás respirando. Estoy vagando por los bordes de tus pulmones y mis días son carreras contínuas dentro de tus arterias. Dejo de existir para intentar bucear en tu vida, la mía la perdí. No cierres tanto los ojos, no te escondas, dúchate y sal esta noche y hazlo por mí.

Si optas por ser cristal, ¿qué será de nosotros? Tenemos mucho que perder.

domingo, 17 de abril de 2011

La rodilla comenzó a sangrarme y mis ojos se cargaron.



-Dijiste que me perdonarías.

Estaba limpiando el lavabo y finjí no escucharla. Pronto me escabullí por la puerta y bajé las escaleras, tropezando en el último tramo. La rodilla comenzó a sangrarme y mis ojos se cargaron. Miré cómo la sangre construía una laguna y no me moví de allí en toda la tarde. El agua empezó a atropellarse con sus talones, porque escuché cómo comprobaba la temperatura del agua. Siempre metía el pie derecho cinco veces para hacerlo. Al instante escuché a su cuerpo sumergirse. El silencio acababa en el tráfico de mi circulación y se hacía ensordecedor en el último escalón.
En realidad era un silencio habitual, estruendo y algo molesto, sobre todo para ella. Nunca entendí sus silencios y siempre tendía a interrumpirlos con preguntas absurdas que lanzaba, una tras otra. Nunca escuché sus respuestas. No me interesaba en absoluto su opinión sobre las tragedias mundiales, pero no encontraba modo de dar cuerda a su voz y me apetecía ver cómo su mirada se levantaba. Me daba igual que a los pocos segundos me esquivara, quería ver a su mirada perderse. Mis esfuerzos se desgastaron cuando se marchó aquella tarde. Empecé a almorzar solo frente al reflejo que se clavaba en la pantalla negra del televisor. Empecé a mirar el lado vacío que me acompañaba todas las noches en la cama. Al segundo día pensé que me había abandonado y no quisé preguntarme por qué, me prometí acostumbrarme. Pero no dormía porque soñaba que la perdía y lo único que no pretendía era perderla dos veces, una con el mundo reflejado en mi retina y otra con mi angustia atrapada tras los párpados. Dejé de comer y ya no acudía al trabajo. Me sentaba en el sofá y me esforzaba en no levantarme a mirar por la ventana. Hasta ayer que al acostarme la vi acurrucada en la cama. Una ráfaga de aire se aglutinó en mis pulmones y esperé sobre la repisa de la ventana a que despertara. Cociné para ella y se sentó en la mesa, con la mirada igual de hundida y tan frágil como en los días anteriores. La tapé con una manta y esta vez no pregunté nada. Ella no probó bocado y se escondió de nuevo en la habitación.
Cuando los tonos cálidos del atardecer se colaban por las rendijas de la persiana me decidí a hacer limpieza. Ella se desnudó detrás de mí y miró cómo frotaba en las esquinas. Fue entonces cuando su voz ocupó toda la estancia. La voz me persiguió hasta el descansillo en el que intenté asimilar las palabras mientras la sangre se pegaba a mi piel.
Subí y entré en el baño. Me miró.

-Te perdoné- dije.

-No te quiero, ¿por qué sigues echándome de menos?

viernes, 15 de abril de 2011

Eres la protagonista.


Soy casi tan invisible como tú, no tienes que tener miedo, tapa mi sombra ahora, hazlo mañana y prométeme que en veintiséis horas podré decir que parte de mi sombra la escondes bajo cada una de tus pisadas.
No tengo dinero para llevarte de viaje ni para regalarte una cena en el centro. No tengo suficiente para arroparte en la cama de un hotel de las afueras. No tengo el traje adecuado para irte a recoger a la puerta del trabajo. Ni siquiera tengo trabajo. No tengo ningún ramo de flores bajo la sombra de mi espalda ni los brazos lo suficientemente grandes como para abrazar todo tu mundo. No tengo buen sentido de la orientación y si te acompaño a casa esta noche seguramente acabemos perdidos bajo la bóveda de esta ciudad. No tengo entradas de cine pero sí un gran argumento, un guión y todo el tiempo del mundo para empezar a filmarla. Eres la protagonista y yo sólo te miraré desde abajo, mientras tú esquivas la rutina. Yo seré el guión; dos palabras, ocho letras.
No tengo nada que guardar en mis bolsillos, pero tengo todo un tejido, todo un sistema circulatorio que funciona gracias a ti. Te tengo a ti y para mí, ver el amanecer hasta en las horas más oscuras, me convierte en pájaro, en océano pero, ante todo, tuyo.

lunes, 11 de abril de 2011

No hace falta que te quedes mucho tiempo.




Seas quien seas... escúchame. No hace falta que te quedes mucho tiempo, sólo quiero saber si con estas líneas eres capaz de configurar mi voz. Sé que estoy un poco loca, que me paso la vida encerrada y encima me atrevo a pedirte unos segundos pero... ando un poco perdida y a veces, para encontrarme, me gusta recortarme las metáforas de la piel y pegarlas por toda la habitación. Quizá sea un propuesta un tanto comprometida, pero quiero que me acompañes a ordenarlas. Quiero que las despegues de mi piel, da igual que con ello te lleves parte de mi sangre. Arráncame la poesía, hazme ser objetiva. Preferiría que sólo te centrases en arrancarme parte de mi vida con la fuerza, no quiero que me mires a los ojos, no quiero que me veas llorar. Si lo haces prometo mirarte tras las lágrimas sólo si tú prometes secármelas.
Está todo un poco borroso porque puede que no sepas nada de mí, pero, ¿y si te digo que sí? ¿que por mucha bruma que me envuelva puede que me conozcas más de lo que crees? ¿Accederías? No quiero ser chantajista, pero si salgo ilesa de esta prometo explicarte mi porqué.

miércoles, 6 de abril de 2011

Llegamos a París a las dos de la madrugada.



Me cogió de la mano y me llevó a Francia en un pequeño globo aerostático. No me soltó hasta que llegamos a París, a las dos de la madrugada. A mi hora favorita, para ver a la Torre Eiffel iluminada, para tocarnos al amanecer y para lanzarnos en paracaídas a las doce del mediodía. Me llevó corriendo por Boulevard de Montparnasse y me invitó a un zumo que se me derramó cuando metió de nuevo la llave en el contacto y aceleró. No sé bien adónde fuimos, el lugar se filtraba por mi nariz y olía a otoño. Estábamos en invierno y octubre aún no se había ido. Noté sus pasos detrás de mí. El sonido de la hierba retorciéndose bajo sus pies llenaba el silencio en el que yo me balanceaba, haciendo equilibrios imposibles para no caerme de bruces. Me giré de pronto y él ya corría en sentido contrario. Se giró, me miró a los ojos y se rió. Se acercó con expresión irónica, cogió la mochila, mis cartas de amor, los condones que íbamos a gastar en cualquier baño público, los mapas de París y mis uñas, que se clavaron sobre la cremallera en cuanto inicié mi despegue y me arrastré tras él, aun notando un chirrío agudo en mis rodillas. Tiró de ella y me tropecé. Alcanzó la siguiente avenida y los coches se interponían entre nosotros, entre aquella cadena oxidada. La gente atravesaba la calle en grupos desiguales frente a la contaminación contenida que esperaba al otro lado del semáforo. Nos miramos entre el viento que revolvía el pelo de los desconocidos y dejó la mochila en el suelo. Me dedicó su última sonrisa y se perdió en el aliento del tráfico. Lo perdí. Seguí esperando. Frente a mí los colores del semáforo cambiaron quince veces de color, junto a mí centenares de personas rozaron mi chaqueta, que se teñía de un color nostalgia oscuro. Nadie cogió la bolsa. Nadie se dio cuenta. Yo no le quité el ojo de encima y, cuando la arrastré por el frío que cubría el suelo de la ciudad, mi viaje de fin de curso se alargó a lo largo de mis huellas.

"¡Siempre te querré!" escrito en un ticket que he encontrado en el fondo. Han pasado diez años. Tengo una hija y mi marido apenas pasa por casa. Hoy he encontrado bajo cajas la mochila y me sigo preguntando si sigue queriéndome, si su corazón apagado, el mismo que el nombre de la lapida en la que me apoyo me indica, sigue con la fuerza suficiente como para poder olvidarme.

(en la foto Claudia)

sábado, 2 de abril de 2011

La oscuridad de la noche del uno de abril se tranformaba en un túnel angosto.



La oscuridad de la noche del uno de abril se transformaba en un túnel angosto que acorralaba a las sombras de las señales de tráfico que resbalaban bajo los focos del coche.
El azul oscuro que seguía a los atardeceres ya había corrido, perseguido por el halo de la Luna. El negro teñía mis pulmones. Las ruedas volaban sobre las líneas discontinuas y su voz chocaba en las ventanillas, agitándolas. Yo me revolvía sobre mí misma, buscando un lugar seguro dentro de mis entrañas en donde poder protegerme del terremoto que se expandía por cada extremo de su cuerpo, por cada poro de su piel.

Yo llevaba las manos sobre mis rodillas y de cuando en cuando me mordía los nudillos para obligarme a pensar en la sangre que llegaba a mi palma. Para obligar a mi corazón a sangrar únicamente por un dolor físico. La distorsión del paisaje se revolvía en mí y a veces me sorprendía una pequeña arcada. Miré mis nudillos, con los bordes pintados por mi sangre negruzca y empecé a ver a mis dedos temblar. Entonces escuché a mi pecho quejarse, pedía una sobrecarga y yo quería notarlo palpitar allí donde mis manos se acercaban. Cuidadosamente me desabroché los botones de los vaqueros, deslicé con cuidado mi mano izquierda bajo las bragas y comencé a buscarme con la ligereza de mis yemas. Pronto un sofoco anudó mi garganta, pronto mis ojos no miraban más allá que a una luz borrosa que se dibujaba en el reflejo del cristal. No tardé en notar cómo una corriente comenzaba a rozar los extremos de mi ombligo. El sudor empezaba a deslizarse bajo mi flequillo y mi respiración se aceleró, escapándose por las grietas de mis labios. Obligué a mis gemidos resguardase bajo el vaho y casi con lágrimas en los ojos desperté el tembleque de mis articulaciones, la llama apagada de mi voz. El orgasmo resbaló dentro de mí, en silencio. Revolvió el sótano de mi existencia y la lluvia de mi soledad se ancló bajo mis pantalones.

Volví a abrocharme los pantalones y él seguía vociferando frente al volante. Su voz se apagaba. O yo me estaba acostumbrando. El calor me abandonó y pronto sentí frío, me arropé con mis brazos y me dormí sobre el cristal. Soñé conmigo. Soñé en blanco y negro.

lunes, 28 de marzo de 2011

¿Me enciendes mi primer cigarrillo?





(y mientras lees)




Estoy haciendo mis maletas. No, no, tranquilo, no te preocupes. Mira qué bien dobladito está todo. No me recordaba tan metódico, es genial descubrirme poco a poco con estas cosas. He organizado las cosas por compartimentos. Mira, mira, en los bolsillos de los laterales, los cargadores del móvil y de un secador. En el bolsillo pequeño, cinco euros, por si me entra antojo y quiero un bollo o una cajetilla de tabaco. No fumo, pero los viajes largos me recuerdan a un cigarrillo consumiéndose, así que quizás, con uno entre los labios, lo saboree mejor. Mi padre me esperará en la esquina y adiós muy buenas.

Estoy esperando en la esquina. Qué frío hace. Estoy tiritando y no puedo mover los dedos del pie. Voy a pasar al bar para comprarme una cajetilla de tabaco. El camarero que se oculta tras la barra examina mis movimientos y yo hago que no me doy cuenta. Cojo la cajetilla, regreso al mismo sitio y no puedo encenderlo, no tengo mechero. Espero a que alguien que pasee a su perro me preste fuego. Una chica bajita, con el pelo rubio ondeándose entre sus pestañas pasa frente a mí, pero no lleva perro. Espero al siguiente. El siguiente es mi padre con una cazadora verde caqui, lleva un gorro que le tapa las cejas y tose bajo el frío helador de este extraño mediodía. Debe de estar pasando frío.

-¿Para qué me has llamado?

-Hacía un poco de frío...- lo miro. Es evidente que sus huesos lo saben mejor que yo.- Bueno, que creo que ya puedo hacer otro tipo de cosas.

-¿Qué cosas?

-No puedo seguir viviendo aquí.

-¿Por el frío?

-Más o menos.

-¿Qué pasa? ¿Tu madre ha dejado de pagar la calefacción?

-No, pero mira cómo me congelo...- primero le enseño mis manos, luego prosigo- No puedo tragar, la comida resbala por la escarcha que recorre mi garganta. Me atraganto. Y no necesito mantas. Tengo hipotermia aquí, papá.- digo haciendo círculos con mi índice frente a mis pulmones.

Me mira y noto a su palma rebotar en mi mentón. No puedo mirarlo. Me escuece la cara y creo que me voy a partir en mil trocitos si empiezo a llorar y a hervir por mis ojos.

-¿Te ha vuelto a echar de casa? ¡Responde!

Asiento y me miro los pies.

-¿Puedo dormir contigo unos cuantos días? Prometo irme pronto.

-No.

Empieza a alejarse, lo sigo y digo con la voz rota tras él:

-¡Espera!

Se vuelve y noto que me mira directamente a las pupilas.

-No irás a vivir conmigo. Si te dejé allí hace cuatro años fue por algo...

-¿Tienes fuego?- interrumpo.

lunes, 14 de marzo de 2011

Pero allí estaba, frente al frutero.



Quedar en la cocina de una desconocida nunca había estado entre sus planes. Pero allí estaba, frente al frutero, mientras la comida se dejaba oler por cada rincón. Jugaba con sus dedos, los enredaba con los de la mano opuesta y los golpeaba contra la madera mientras los acordes de una canción se encasillaban en su memoria. A cada movimiento de muñeca un pequeño chasquido se agitaba bajo su piel. De fondo el tiempo tarareaba los minutos que llevaba sentado en la silla. A punto de llegar a la estrofa final, unos pasos se deslizaban despacio por las escaleras. Sus dedos frenaron en seco. Un temblor empezó a sacudirle los tobillos. El pecho compuso en dos segundos una banda sonora que hizo que se le enjuagaran los ojos. Trató de pararla con inhalaciones lentas, pero de nada sirvió. Ella estaba sirviéndole café y él ya sentía el corazón en la garganta. Tragó saliva para que sus movimientos no se convirtieran en palabras y se clavó las uñas en la rodilla.
El café recorrió su garganta y a duras penas logró llegar al hueco vacío que se extendía en su estómago.

-Gracias- dijo de un tirón.

Ella asintió y sonrió.

-Es genial que hayas podido venir. No conocía a nadie que entendiera de Estadística.

-En la Universidad hay miles como yo, ¿por qué yo?- dijo él, con el café arremolinándose en un su esófago

Dudó y se frotó las manos contra la nuca. Buscar excusas cuando tus ojos miran desde otro cuerpo no es fácil.

-Me dijeron que eras bueno. ¿Lo eres?

Tragó aire. Respiró entrecortadamente mientras dejaba la taza en la mesa.

-Puede. Ya me dirás.


Sacó tres libros, abrió el de la izquierda y la miró de soslayo. Estaba absorta. Su corazón hacía tiempo que se había saltado los límites de velocidad y su jodida vida siguía sin tener sentido. Después de tres años de facultad compartiendo compañeros se sentía extraño sin ellos delante y, pudiendo romper el silencio, las palabras sólo se reducían a un lagrimeo que le desenfocaba la teoría de los libros. Las ilusiones lanzan al corazón alto, las estrellas le ceden luz y la gravedad estira los brazos para traerte de nuevo. Siempre hay alguien que nos echa de menos. Aunque sea el puto nueve coma ocho. Las rodillas nos flaquean al intentar levantarnos, las rozaduras se agarran a tu piel y las ilusiones han volado. Se han borrado del mapa. Pronto vuelven para recordarte que estás solo.


Cerró los libros a las ocho y diez. Ella bostezaba.

-Es cierto, eres muy bueno.

-Gracias. Si necesitas algo vuelve a buscarme.
-Lo haré.

Cogió la gabardina, se la puso y, antes de dar la vuelta, se atrevió a decir:


-¿Cómo estás?

-Agotada- se le escapó una pequeña carcajada- ¿y tú?

-Jodido. No sé tu primer apellido, me sé cada curva que se tuerce en tu mano, creo que sé cuantas pestañas te tapan la mirada y, encima me ha gustado el café que me has preparado. Y con todo, tú sólo estás agotada.

jueves, 3 de marzo de 2011

Hoy no quería escribir nada.

Hoy no quería escribir nada. El temporal frío ve su fin rozándole los talones y para que no lo dejemos atrás, está soplando con fuerza, despeinando los flequillos impolutos de las chicas y arrastrando la tierra debajo de los coches. Está asustado. Yo también. He respirado esa arena fina y, por aquí dentro, nievo. Las palabras se resguardan bajo una gruesa capa de hielo y el romperlo duele. No me gusta notar millones de cristales clavándose en mis entrañas. Pero hoy lo he hecho. Sangro y, mientras miro cómo se seca sobre mis poros, me vendo el pecho. Me he rodeado fuerte, para estar preso bajo este dolor que, al fin y al cabo, es quien me ha hecho escribir. La lluvia de esta mañana también es culpable.


He corrido hacia la pendiente que parecía terminar en las nubes, y, con el estómago en la garganta, he llegado exhausto a la cima. He mirado desde las alturas y la lluvia inundaba el valle de hormigón que poco a poco iba dejando atrás. El agua crecía demasiado rápido para la velocidad a la que mis pies están acostumbrados y pronto mis tobillos se han hundido en esa lluvia ya muerta, estancada. Pronto mis rodillas se veían inmersas en ella y no he sabido escapar. El agua me ha arrastrado hacia atrás y, cuando me he propuesto subir las escaleras del portal, la respiración ha frenado a causa de la intrépida entrada de la corriente. Pronto me he sentido ahogado, indefenso. La puerta se ha abierto y he notado cómo mis pulmones se ensanchaban. Me he dirigido a la ventana y el asfalto no dibujaba pequeñas lagunas. El sol se imponía y una leve brisa recorría la calle. Otra vez me visto huyendo de mí mismo. De la amargura vacía que me sorprende en cada regreso.

viernes, 25 de febrero de 2011

Corazón joven con pocos hábitos.

(ACOMPÁÑALO):


Adolescente de dieciséis años en el Noroeste de la capital, de cuclillas sobre la colcha que ha extendido por el suelo, busca techo. Dedos entrelazados, nudillos consumidos por la espera. Tiembla y se repite que no es lo mismo tiritar que temblar. Mientras reflexiona, da con la técnica precisa y comienza a dibujar frases en el aire que la envuelve, la atrapa, la encierra y la ata a las entrañas de la Tierra. Busca piso pequeño, igual que su corazón. Un corazón joven con pocos hábitos. Grandes surcos recorren su tejido y con una obertura lenta se repiten sus movimientos. La cocina ha de estar acoplada al salón, le gusta sentarse en mantas y recibir el olor que se escapa del horno. Quiere una habitación compartida, su sistema eléctrico es incapaz de abastecer la caída del fulgor que la geografía de sus venas y arterias soportan. Una nevera con poca capacidad para congelar pulmones cuando las lágrimas se cuelen por la tráquea. Cama de noventa, sábanas a rayas y canciones bonitas. Necesita espacio para llorar y le gusta hacerlo sola. Quiere estanterías para colorearlas con latidos impresos y olvidar todas las noches en las que sus músculos sólo envuelven al oxígeno que se condensa en su piel. No le gusta la calefacción porque prefiere poner excusas. No le gusta admitir que tiembla de miedo, prefiere decir que el frío agita sus huesos. No quiere silencio. Quiere un poco de mimos y hojas de papel para escribir cosas desconocidas, anhelos y te quieros destinados a desinfectar la herida que atraviesa el lateral de su costado. Cree que sólo necesita eso. Promete ser regular en los pagos. No se despide. No sabe hacerlo, pero da igual, ¿a quién le gustan las despedidas?

martes, 22 de febrero de 2011

Terrible relationship.

-¿Me sacas a bailar?


Respiró hondo, puso los ojos en blanco y exclamó:

-¿Para qué quieres salir a bailar? Nunca te ha gustado hacerlo.

-Hoy me pican los tobillos, el fémur y las caderas.

Se levantó con parsimonia intentando localizar un hueco en la pista. Antes de localizar nada ella ya lo llevaba al centro de ésta, frente al escenario. Era la primera vez que la veía ondearse como una chispa, como una hoguera recién encendida. La miró con desconcierto e intentó recordar algunos pasos de baile que aprendió en Teatro. No consiguió imitar las coreografías de sus recuerdos y se detuvo en medio de la pista. Para observarla. El sudor brillaba en su piel y se enredaba entre su pelo. Lo miró por debajo del flequillo y se agazapó entre la marea de gente, impulsada por el alcohol. Volvió a la barra y esperó toda la noche. Cuando por fin la gente desapareció y la aglomeración se hizo menos asfixiante, se animó y se unió. Bailó solo. No se fijó en la dirección de sus brazos ni en el compás de sus piernas, que frenaron de repente al verla sonreir en la esquina. Se acercó despacio y dijo:

-¿Te gusta bailar sin mí?

-No, me gusta hacer este tipo de cosas para que no me dejes solo en las discotecas. A veces cuando te marchas noto cómo el mundo se detiene y necesito pisar fuerte para traerte de vuelta. No me gusta que me dejes solo entre tanto ruido, ¿y si no me oyes? Ahora ya sabes por qué no me gustan nada estos sitios.

domingo, 20 de febrero de 2011

Me sobresalté al notarlo en mis tímpanos.

Llevaba toda la tarde esperando por tu timbrazo y, aún así, me sobresalté al notarlo en mis tímpanos. Te hice esperar un poco, no me gusta pensar que creas que te necesito tanto. Es posible que tú simplemente vinieras a explicarme biología y no querïa quedar como un imbécil. Estabas abajo, detrás de la portezuela, tiritando del frío y con los apuntes pegados al cuerpo. Me sonreíste y te dije que subieras. En realidad quise bajar, tirar toda la química por la acera y olvidarme de ella para siempre mientras te abrazaba. Siempre he sabido encerrarme y callarme la boca.


Ordené mi escritorio y, si se te hubiese ocurrido mirar desde arriba cada uno de los elementos que lo ocupaban, te hubieses dado cuenta de que se alineaban perfectamente uno tras otro, formando tu nombre. Soy un chico algo raro. A nadie se le ocurren este tipo de cosas. Y no, claro que no te diste cuenta.

Te quitaste el gorro, la bufanda y los guantes y te sentaste a mi lado. Respirarte ya me distrajo desde el principio, así que, el resto de la explicación, estuve cavilando conjeturas. Sobre ti, claro. Garabateabas en el folio la duplicación del ADN y, cuando pasaste a explicarme la meiosis, me miraste fijamente. Llevabas los ojos delineados, unas sombras grises coloreando parte de tus párpados y tu mirada era tan extraña como de costumbre. La inmovilizabas cuanto tiempo quisieras, pero el hilo que la sostenía parecía partirse de pronto, porque en seguida te notaba lejos, en una ausencia dolorosa y a veces creía ver a una niña llorando dentro de tus pupilas. Con todo, siempre me provoca mucha ternura mirarte directamente, dices mucho más que cuando hablas. Cuando hablas la voz se te endurece y las palabras son un simple ensayo frente a un espejo. Tu mirada esconde tu mejor tú y ese tú me intriga. En realidad eres una cría que sabe más de lo que debería. Sé que estás cansada de que te reconozcan lo muy madura que eres para tu edad. Sabes que en realidad no es así. Asientes y te las das de superheroína. Intentas arrasar con el mundo y, como fracasas, lloras a escondidas. También sabes que, aunque nunca me lo hayas contado, sé todo esto gracias a tus ojos. Por eso me miras e intentas tensar el hilo, aunque no puedas. Y eso me tranquiliza. No sabes cuánto. Son tus ojos sobre los míos, ¿qué menos para que mi corazón siga siendo rojo?

sábado, 12 de febrero de 2011

Qué sencilla puede llegar a ser la vida sin el corazón latiendo a mil por hora.

Mi turno terminó antes de lo habitual. La agencia estaba vacía, todo el mundo había salido antes y ni siquiera era Navidad. No entendía bien todo ese desorden laboral pero no le dí más vueltas. Me hice con mi portátil y bajé las escaleras. En el parking el frío se refugiaba del calor que la primavera empezaba a teñir en la hierba. Aunque suene extraño el Invierno odia tener que hibernar, de no ser así este parking nunca hubiese sido tan frío.


Al coche le costó arrancar y ya en la autopista me soprendió el arcoiris de focos que se reflejaban en las líneas discontínuas que separaban los carriles. Estaba agotado y la vista comenzó a fallarme. Paré en la gasolinera del km 34 y pedí un café cargado. Bien caliente. Volví al coche y seguí el mismo camino de siempre. La tienda de ultramarinos que presentaba al pueblo tenía un letrero nuevo. Me extrañó no haberme dado cuenta. Me sentí raro nada más atravesar la calle principal, por un motivo que desconocía la ciudad se ocultaba tras un nuevo inquilino, de tez clara, casi cristalina. De un tipo rudo. Si lo miraba fijamente me sentía desolado. Perdido en una tormenta de niebla. Como si nunca hubiese puesto los pies allí. O al menos durante mucho tiempo. La gasolinera que hacía esquina con la glorieta estaba en obras. Eso tampoco lo recordaba. Llegué al puente y atravesé los raíles mientras un centenar de vidas cruzaban perpendicularmente ese tramo, casi a las diez de la noche. Aceleré. Tenía ganas de llegar y dormirme mientras la abrazaba y mientras escuchaba a los chicos beber agua en baño contiguo al nuestro.

Busqué las llaves en el bolsillo de mi americana, di con la llave de la puerta de entrada y, al meterla en la cerradura, su forma no encajaba. La cerradura se oponía. Mi llave aullaba por los roces. Entonces lo recordé todo. Recordé todo lo que perdí hace siete meses y me di cuenta que otra vez me había confundido de camino. Me senté en el asiento del copiloto y me sentí tan vacío como me había sentido estos últimos meses. Hoy dormiría solo y mañana sólo prepararía mi desayuno. Nadie reclamaría mis huevos revueltos y no andaría con prisas para llegar a en punto al trabajo. Qué sencilla puede llegar a ser la vida sin el corazón latiendo a mil por hora.

lunes, 7 de febrero de 2011

Solías decir(me) cosas extrañas.


Solías decirme cosas extrañas, cosas que no escuchaba todos los días. Digo extrañas porque la palabra "especial" no me gusta nada. Extraña lleva equis. La palabra extraña es bonita. Es agridulce y huele a café, del descafeinado. No las decías susurrando porque decías que te dolía la voz si lo hacías. Otra vez vuelve a ser extraño, ¿de qué voz me hablabas? Si siseabas, ¿cómo ibas a sonar? ¿Ves? Decías cosas atípicas, que caían como diluvios en mi piel y allí en donde respirases.


Jamás nadie te vio junto a mí. Cuando les hablaba de ti me miraban con lástima y me acunaban entre sus brazos. Sólo se lo conté a mis hermanas y a mis padres, hacía mucho tiempo que no veía a personas del mundo que rota alrededor de las ventanas de mi habitación. Mis padres me visitaban casi a diario. A ti sólo te encontraba a veces. Siempre traías el mismo atuendo. Nunca te pregunté por qué. Tampoco tuve ocasión. De haber tenido amigas estaría segura de que me envidiarían por tener a alguien como tú junto a mí, pero mi vida tomó un camino distinto. Decidí centrarme en mí misma. Siempre me he querido muy poco. Creo que soy simpática. Sin embargo mi cuerpo no decía lo mismo. Empecé a tratarlo bien, hasta que pasé a ingerir, como máximo, cuatro gajos de mandarina al día. Una pequeña cordillera atravesaba mi espalda y, por las noches, solías repetirme que nevada tendría que estar preciosa. Quise crear cadenas montañosas que uniesen mis dos continentes, el del norte y el del sur, pero no resultó ser una buena idea; pronto las cimas empezaron a secarse. No tenía la fuerza suficiente para traer la nieve, ni por más agua que bebiera. Los valles que recorrían mi espalda entraron en sequía y mi cuerpo se convirtió en desierto. Me llevaste de viaje a través de las dunas de lunares que empezaban a cubrir mi vientre.

Hoy por hoy, alimentádome con sueros y con ayuda de las enfermeras me doy cuenta de que nunca te conocí. Eras aquel bocado que siempre quise dar al mundo y esa valentía que se me olvidó sacar cuando las ganas de hacerlo me atravesaban las ideas. Nadie te conocía porque nadie sentía el vacío que no sólo se extendía por mi estómago, sino por todo mi pecho. Da igual que fueses algo parecido al amigo invisible que todos los niños tienen, he venido a decirte que me estoy recuperando. Estoy recuperando las ganas y mi espalda ahora la componen pequeñas colinas. Estoy casi sana, lo noto en mis muñecas. Ellas siempre me lo dicen todo.

martes, 1 de febrero de 2011

¿Todo se arreglará si logro dejarte sin aliento?

(Dicen que callar es de cobardes. Yo no soy cobarde, pero tampoco soy valiente. Encuentro palabras si tengo que decirte que te quiero, que te quedes, que me quieras o cualquier cosa que implique un latido de vida, por pequeño que sea. Callo cuando, después de mi arranque de valentía, me quedo muda y no me queda de otra que alcanzarte y encerrarte entre mis brazos, calcando sobre tu piel las alas de las mariposas que se han escapado de mi estómago. Creo que te digo mucho más cuando me resguardo en un silencio que sólo tú entiendes)