(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


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jueves, 29 de octubre de 2009

Hipnotízame un segundo y yo te canto.


No dejaba de preguntarme, de asediarme como a las páginas de un diccionario. De vez en cuando me golpeaba con su codo, para llamar mi atención. Entonces manchaba mis pantalones de helado de chocolate, la miré e intenté limpiar la mancha.

-¡Dime, dime!, ¿qué hay que hacer para seguir añadiendo letras a esta frase interrogativa?- dijo señalando la frase escrita en el papel.

-Imaginación- dije mientras lamía mi helado.

Jugaba nerviosa con el bolígrafo y no paraba de morder el extremo, al fin logró terminar la frase.

-¡Uf!- dijo- creía que no acabaría.

-Pero si sólo es una frase.

-Vale, Soul.

-Perdona.

-Soul, dime algo que te guste, pero que te guste mucho.

-¿Algo que me guste mucho mucho? Me encanta enrredarme todas las noches contigo.

Carraspeó y miró hacia atrás, evitando una vez más mi mirada.

-Estás loco- dijo volviéndose hacia mí.

-Bueno pues si estoy loco vas a vivir en un manicomnio conmigo.

-¡No! ¡Eso es una canción!

-Vale, ¿y qué? Se ajusta a mis respuestas, y es más, esas respuestas se ajustan a tus preguntas.

-Yo no quiero ir a un manicomnio Soul.

-¿A dónde quieres ir?

-Me quiero quedar aquí.

-¿Conmigo?

-Sí.

-Entonces, ¿qué es lo que quieres, Tieah?

-Hipnotízame un segundo y yo te canto.

-Trato hecho- dije acercándome a ella.

domingo, 25 de octubre de 2009

Una cosa que no hace otra cosa más que amarte.


Cuando ella tiró el vaso al suelo yo estaba acuclillado en una sala forrada en periódico. Oí como sus gritos jugaban al escondite. Sus gritos eran como niños, desordenaban todo lo que veían a su paso y de vez en cuando por las prisas de encontrar el escondite topan con un jarrón, posándolo sobre el suelo ya sin forma. Esperé un poco más y bajé las escaleras con un papel arrugado entre mi mano derecha. No estaba ni en la cocina ni en el recibidor. Cruzé el pasillo y tembloroso giré a la derecha. Su cuerpo yacía horizontalmente sobre el sofá. Estaba boca abajo, la giré. Sus manos estaban bañanadas de color rojo y los cristales seguían intactos entre su piel. Su mirada estaba vacía y aún sudaba. Cogí el papel arrugado y, después de haber quitado los cristales, cubrí la herida. El papel adquirió el color de su sangre. La cogí y la acomodé en la parte trasera de mi coche, arranqué y me marché a una velocidad de 140 kilómetros por hora en mi seat de segunda mano. Miré la hora y asentí. Cuando conseguí sacar su cuerpo del coche me dirigí a la recepción del hospital y la subieron a la planta 5, no sabía qué urgencias trataba esa planta. Metí una moneda de un euro en la máquina expendedora y empecé a comerme una chocolatina.

Una enfermera con nariz achatada y ojos azules me dijo que podía subir ya. Me dijo que el número de la habitación era 522 y me acompañó hasta ella. Abrió la puerta y sonrió. Forcé una sonrisa y miré a mis pies. Andaban involuntariamente, ahora entiendo que no tenían miedo alguno. Ahora entiendo que ni desde el primer momento en el que la vi casi inerte sobre el sofá sentí el más mínimo signo de temor y sabía el porqué, y me lo sabía muy bien. Salí corriendo de la habitación y volví a arrancar el coche, esta vez a 180 kilómetros por hora, abrí precipitadamente la puerta y lo cogí. Regresé al hospital y hize el mismo recorrido que antes había hecho con la enfermera de ojos azules. Esta vez abrí solo la puerta de la habitación 522 y esta vez si que la cerré estando yo dentro. Avancé el pequeño pasillo y la vi sobre la cama. Tenía los ojos abiertos de par en par, miraban a los fluorescentes. Se desviaron cuando sus oídos oyeron mis pasos. Sonrió. ¿Me has leído bien? Porque la felicidad consigue nublarme ese recuerdo. Me acerqué.

-¿Qué tal?

-He leído la envoltura de mis vendas.

-¿Y qué ponía?-dije intentando parecer inocente.

-Tú eres mi anhelo.

-Ah.

-¿No me vas a preguntar si me ha gustado o algo?

-No, eres mi anhelo te guste o no. Cuando cubrí tu mano con ese papel me reía a carcajadas. Sabía que tú sabías cuáles eran mis verdaderos anhelos y que tú sola serías capaz de salvarme.

-¿Salvarte?

-Sí, inconscientemente pides ayuda. Estaba acuclillado en la esquina de mi cuarto ahogando a mi corazón y mordiéndome la lengua cuando te escuché.

Cerró los ojos y se giró, dándome la espalda.

-Te he traído algo-dije.

Se giró y miró mis manos. Volvió a girarse cuando vio que mis manos estaban vacías.

-No seas tonta. Te he traído tu gorro.




lunes, 19 de octubre de 2009

Se me antojan nubes, Tieah.

-Entonces, ¿qué harás para coger las nubes, una a una?- dije al fin.
Ella giró la cabeza hacia la izquierda y levantó los ojos hacia el cielo. Posó su mirada sobre el suelo y volvió al levantar la cabeza. Ladeó la cabeza de un lado a otro y se rascó la punta de la nariz.
-Poner muchos cubos a lo largo del suelo.
-¿Por qué cubos?,¿para qué los necesitas?
-Así cuando llueva tendré las nubes dentro de los cubos. Piénsalo bien, podré beber nubes, ¿no es fantástico?
-No, tendrás lo que llevan consigo las nubes, pero aún sí te faltaría una parte de ellas.
-Pero me quedo con lo más importante.
-¿Quién te dice que lo que te dejas olvidado no sea importante? Porque quizá para tí no lo sea, pero puede que para mí o para aquel anciano de allí, sí.
-Venga Sou, la pregunta iba para mí, no para el anciano que alimenta a las palomas.
-Ah, te percatas del anciano pero ni siquieras te paras en mí.
-Es que sabes que no necesito nombrarte, Sou. Sabes que soy la persona que más te desgasta el nombre.
-Tieah, mira.
Señalé con el dedo índice hacia el cielo. Las nubes cubrían su color azul habitual y lo teñían de color gris, el sol le daba un tono púrpura. En el horizonte se apreciaba los rayos colándose por aquella espesura. Observé los chispeantes ojos de Tieah y su pequeña boca entreabierta. El gorro rojo contrastaba con el color negro de su pelo y su piel adquirió un tono aún más pálido. Me miró pero al instante apartó su mirada, que se dirigió, como siempre, hacia el suelo.
-Venga, sigue mirando.
-No.
-¿Por qué?
-Porque si es tan bonito como tú dices, ¿qué haces que no lo miras?
-Si que lo miro.
-No, me miras a mí.
-Entonces es que eres tú el paisaje más bonito.
Noté como sus mejillas enrojecían y como las comisuras de sus labios se elevaron, tan poco que fue casi imperceptible. Movió los pies nerviosa y se mordió el labio inferior. Sabía que no hacía más que observarla y eso la enloquecía, pero me divertía viendo sus juegos absurdos por tratar de desviar la atención.
-Basta ya, Sou.-dijo deshaciéndose la coleta que sujetaba su pelo.
Fue entonces cuando salió corriendo dejando atras su pequeño gorro. Su pequeño y triste anhelo. La vi alejarse tras las gotitas de agua que empezaron a desprender las nubes. Las miré y corrí tras ella. Cuando logré alcanzarla se tapó los los ojos con las manos y cayó de rodillas.
-Déjalo, Sou. Déjalo, déjalo.
-Quiero pedirte algo. Un pequeño favor.
Tragó saliva y se limpió las lágrimas con la manga de su abrigo. Me miró y por fin su mirada no se mostraba cohibida.
-Dime, ¿me harás un favor?
-Depende de qué favor, Sou.
-Vamos a la ciudad y busquemos tiendas en las que vendan cubos, ¡pero cubos inmensos! , ¡gigantes! . Los más caros de la ciudad, si hace falta.
-No, tú no querías los cubos.
-Lo he pensado mejor. Quiero recoger nubes contigo, Tieah.
-Entonces los pondremos a lo largo de aquel valle y esperaremos a que se llenen bajo los sauces.
-Después nos beberemos las nubes en tazitas de porcelana.-concluí.