(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


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lunes, 10 de septiembre de 2012

Promete no contar conmigo.




 -Promete no contar conmigo. Promételo.

El cigarrillo se consumía entre sus dedos. Apuraba con deleite el último del paquete. Refugiados bajo una entrada del centro comercial nos resguardábamos del granizo. Volvió a enrollarse la bufanda en torno al cuello con ademán distraído. En pequeños grupos la gente corría hacia dentro. No les prestaba atención. Ni siquiera al hielo que se partía al chocar contra el suelo. Miraba más allá de la niebla que se cernía sobre el aparcamiento. Un pensamiento la mantenía ocupada.


Quizá fue una tontería comprobar que ella también me necesitaba. Sin embargo el miedo a fallarme, a fallarnos, era más fuerte. Tras el primer roce un ataque histérico la despegó de mí aquella y todas las noches que la siguieron. Entre lágrimas sofocadas me imploraba que me alejara, que no era a ella a quien yo buscaba, que no era ella a quien yo debía querer. Inmóvil observé cómo se dejaba caer sobre el suelo. Negaba con la cabeza. Nerviosa se retiraba el pelo de la cara, se frotaba los ojos y murmuraba:

-Créeme, por favor, créeme. No soy yo, no lo soy.

Cuando se tranquilizó simplemente decidió enfrentarse, convertirme en su enemigo. Tan sólo se limitaba a intentar hundirme, a herirme. Cada ataque iba acompañado de una mirada suplicante. Desconcertada y al borde de las lágrimas ante mi impasibilidad espetó:

-¡¿Qué?! ¿Soy yo la que tiene que irse? ¿Qué más necesitas para darte cuenta de que no soy quien crees que soy? ¿No te lo advertí cuando aún podía hacerte reír? No me lo hagas más difícil, por favor.

Advertí sus intenciones en cuanto cesaron los primeros sollozos. Ella era la primera imagen con la que despertaba y ya echaba de menos, un juego infantil no descalabró mi firme convicción, la seguridad con la que la miraba y sabía, sin lugar a dudas, que era ella. Que siempre fue ella. La abracé, la retuve toda la noche y con recelo se dejaba caer en mis brazos en cada despedida.

-Promete no contar conmigo. Promételo.

 Fue rápida. Al tiempo que lo decía me esquivaba. No parecía aliviada. Tampoco quiso advertirme, sólo quería que, aún respirando a apenas cinco centímetros el uno del otro, la necesitase y la quisiese a kilómetros de distancia. Sólo se adentraba en terrenos desconocidos. Sólo estaba perdida, desorientada, terriblemente asustada. Trataba de mirarse y no ver heridas. Y aunque oía cómo latía desesperadamente a mi lado, la entendía. Nadie quiere herirse y curar las heridas con un dolor prolongado, pero yo la quería. Me importó su dolor, de hecho también me dolió. Sin embargo no pude sofocarlo alejándome de ella. Permanecí a su lado. Y a veces el escozor es insoportable. Necesitarla del modo en el que la necesito abre todas las heridas. Sinceramente, prefiero arriesgarme siempre que las heridas lleven su nombre.

-Lo prometo- mentí. El granizo cesó, el silencio se instaló no sólo entre nosotros, invadió toda la atmósfera que ella consumía con cada calada.

Y sonrió. Sí, estoy completamente seguro de ello. Sé que no me equivoco. Aún llevo esa sonrisa clavada en mí.

miércoles, 14 de julio de 2010

Chicas que, cuando se marchan, dejan regalitos encima de las mesas.


Chicas que, con el tiempo descontrolado en las manecillas de sus relojes, hechan a correr tras el autobús a las ocho y media de la mañana.


Chicas que se enfundan chaquetas en primavera tras asomarse a la ventana y ver el cielo sin ningún estampado. A las que le gusta cargar con la chaqueta a la salida del instituto.

Chicas que pierden el control cuando frente al espejo todo se le desmorona y, de nuevo, el tiempo llama incansable a la puerta.

Chicas que pierden las llaves en los bares, parques y salas de espera.

Chicas con letra inlegible, con hojas arrugadas y miles de cuadernos.

Chicas de colores en las tardes de Otoño, Invierno, Primavera y Verano.

Chicas risueñas en las noches más frías y en los suspiros más esperados.

Chicas taciturnas, impacientes y alocadas.

Chicas con las estanterías destartaldas y fotos clavadas en el polvo.

Chicas que subrayan las frases que las encogen el corazón con lápices de colores.

Chicas lloronas a las doce y media de la noche.

Chicas con miles de historias por contar.

Chicas que duermen al pie de la cama y chicas con fecha de caducidad.

Chicas que engullirían magdalenas de esperanza enterradas en los congeladores.

Chicas con el viento revoloteando en su flequillo y chicas con el humor muy corto.

Chicas como ella y con te quieros escritos en los antebrazos.