(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


viernes, 26 de octubre de 2012

Viernes o no me gusta el silencio porque es lo que la gente cree que soy.




No se me da bien ser  discreta. No se me da bien andar con sigilo. No sé cómo imitar al silencio. Nunca lo he conocido. No me preocupa que el resto escuche mis aproximaciones. Me divierte ver la sucesión de miradas que se levantan, las cabezas que se giran y el interés de cada rostro, pintado de colores distintos. De forma inmediata las miradas vuelven a ser atraídas por los paisajes o por los apuntes del próximo examen. El cuerpo vuelve a una posición cómoda y la cabeza comienza a unir los pensamientos que los desconocidos han interrumpido con su llegada.
Ella sabe que, con unos cuantos pasos de distancia, la sigo por las mañanas, hasta que se despide con parsimonia de la multitud que ya llega tarde a su destino dentro del autobús. Ahí la dejo marchar. Me olvido de ella. Las tareas me absorben. Lo sistemático dirige mis movimientos. Respiro la rutina y la exprimo. Me gusta mi rutina. Me gustan los trayectos de camino al trabajo. Me gusta ser una desconocida más entre tantos. Me gusta el frío de las siete de la mañana apretando mi garganta. Me gustan los cigarrillos previos a la hora límite. Me gusta dar clase. Me gustan mis alumnos. Bueno, algunos de ellos. Me gusta su interés. Me gusta el ambiente y el agobio que exige mi labor, que termina anestesiado por la dedicación que empleo en cada uno de mis actos. Dedicación provocada por el placer que me provocan los números. Me gusta escuchar mis tacones contra el asfalto a la vuelta, cuando con prisas el viento me retira del regreso y llego con el aire entrecortado de nuevo a la parada. Me gusta volver a encontrármela. Me gusta el hieratismo de su rostro, fracturado al menos dos veces al mes por una mirada iluminada o un atisbo de sonrisa golpeando sus labios. Me gusta bajar tras ella y mirar cómo, con torpeza, logra abrir la puerta de su portal. Espero ver su silueta desaparecer y me meto en casa. Me gusta el olor que me abriga allí dentro y me gusta sentarme y pensar en el futuro, en qué podría suceder.

Pero hay algo que detesto. Que me devora, que araña mi compostura, que me hace oscilar sobre mí misma y me hace caer sobre el lodo que, al fin y al cabo, no es más que un amasijo desigual erguido por mis miedos. Cada viernes salgo y me reúno con mi compañero de departamento en la misma cafetería que da nombre al cruce. Siempre soy la que espera. Podría no hacerlo, pero me gusta la impuntualidad anterior a la hora marcada. En el camino un chico, casi siempre tiritando de frío, imita mi situación minutos antes de que me halle en el punto de encuentro. Con gorro y quejas hundidas en resoplos espera a alguien. Una mochila negra le abriga la espalda. Seguramente su voz arrastre un punto intermedio y en su fonética alargue las eses. Pero eso terminé por concluirlo. Me tomé la confianza de hacerlo a escondidas, cada vez que pasaba frente a él. Cuando mi compañero y yo regresábamos para el café habitual, él ya no estaba. La barandilla era un complemento insulso, absurdo dentro de aquel escenario urbano. En cada regreso lo extrañaba. En cada regreso mantenía la esperanza de pedirle a mi compañero que se fuera, apresurarme, acercarme a la barandilla y hacerle hablar. Imaginé que con el tiempo podría acompañarlo. Imaginé que podríamos charlar de la vida. Del tiempo, de las emociones, del fulgor de alguna de las noches, de política, de Matemáticas, de Filosofía, de Literatura, de inquietudes. De personas. Evidentemente ninguno de esos temas conformaron ninguna conversación. No tuvieron lugar. Y estoy segura de que, de habérmelo encontrado en algún regreso, me hubiese quedado callada. Hubiese huido con la cabeza agachada.

Hablo de temas banales. Nunca de mí misma. Mi vida, mis sentimientos y mis reflexiones están hermetizados en alguna parte de mi ser. No sé sacarlos a colación. Mi soledad tilda el mutismo de mis iniciativas, de mis sensaciones. Tiendo a pensar que no hay nadie que me inspire a abrir ese rincón que encierra lo que realmente soy y que sólo con ciertas personas me veo dispuesta a buscar la llave y enseñarle ese contenido al que callo bajo amenaza. O a imaginarlo. Y todas esas personas son desconocidas. Sin nombre, sin voz, sin ubicación. Por eso para mí los viernes son la cúspide de mi desolación. En cada regreso, ante la valla agitada por el aire, el día se derrumba ante mis ojos. Anhelo ser escuchada. No me gusta el silencio porque es lo que la gente cree que soy. Porque es el error que construyo inconscientemente con la precisión de los segundos marcados por un reloj.

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