(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


miércoles, 23 de febrero de 2011

Hundí a mi propia hermana.

Atravesó el jardín delantero con prisas y rompió a llorar nada más cerrar la puerta tras ella. Se desprendió de la mochila y pataleó como una loca. La abrió y todos los apuntes y ejercicios cayeron como los copos de nieve en una ventisca, rápidos y desorientados. No lograba escuchar nada más que sus chillidos retumbar en las esquinas de la habitación y no me atreví a bajar más alla de la mitad de las escaleras, temiendo que parte de la tormenta rebotara en mí. Mamá y papá acudieron deprisa, analizando el desastre que Mónica había originado en sólo dos segundos.


-Recógelo ahora mismo- ordenó mamá.

Mónica resopló, su cara se endureció y la furia enmudeció. De pronto los tonos cálidos del fuego que cruzaban su rostro se transformaron en unos tonos grises y violáceos allí en donde la luz no lograba asentarse. De pronto su cara se tiñó del color de la resignación, del silencio.

Recogió despacio los libros de texto y barrió el hielo de su ahogo. Mamá y papá desaparecieron y yo seguía plantado allí, como un idiota, casi temblando. Se dispuso a subir las escaleras y me miró. Soy de los que no aguantan la mirada por mucho tiempo, así que me aparté. No se movió. Seguía erguida unos centímetros más abajo y yo empecé a inquietarme y rascarme los antebrazos. Sabía perfectamente que a Mónica, una vez más, la habían arrinconado en una esquina mientras le teñían de violeta cada extremo del cuerpo. Sabía que había estado dando vueltas todo el recreo, huyendo de los insultos del resto. Sabía que quería llorar pero que no podía porque su corazón acabó por rendirse y optó por callarse. Nunca nadie la había escuchado de verdad. Recordaba perfectamente las tardes en la cocina en las que Mónica relataba sus días perdidos y recordaba cómo mamá y papá acaban riendo a la vez que concluían la conversación con un "Cuando aprenderás a ignorarles. Dentro de unos años te reirás de estas quejas."



Hoy por hoy me duele pensar en la soledad en la que Mónica nadaba, no sonrío al pensar en cómo sus latidos se apagaban y en cómo su alma se fundía nudo tras nudo. Sé que ella nota un dolor agudo en el pecho cada vez que piensa en ello y sé que nunca sonreirá a la infancia que se clava en su sombra. Hoy por hoy me doy cuenta de que yo tampoco hice nada y opté actuar del mismo modo que mamá y papá. Esperar a que las personas se hundan es la opción más fácil y yo, un gilipollas con todas las letras, hundí a mi propia hermana, haciendo uso de mis propias manos y asegurando con el gatillo de mi mirada que su vida no siguiera corriendo tras un sueño.

4 comentarios:

  1. Vaya, me he estremecido.. :/
    Que relato tan triste, espero que lo escrito no sea cierto..

    Un besazo bonita!

    ResponderEliminar
  2. Me encanta como escribes! sigue así, bonita :)

    ResponderEliminar
  3. Pobre Mónica :( Nunca cambies, Rocío (L) ¡besos!

    ResponderEliminar

Tic tac. Déjame tantos segundos como quieras.