(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


domingo, 27 de septiembre de 2009

Tira recordatoria.


Hanz no estaba y Zemelieth se mordía las uñas. La habían despedido del trabajo y no había línea ni conexión en la casa. Tampoco había libros que llamasen su atención. Se puso el abrigo y cogió las llaves. El frío asfaltó su garganta con escarcha, suspiró y comenzó a andar. Ese día no le veía por ningún rincón, por ninguna cafetería. Se había esfumado, pero, ¿se había esfumado de la ciudad o de su mente? No obtuvo respuesta a su pregunta ya que a Estocolmo le dio por marcharse, quién sabe, quizá se aburriese estando a su lado.

Haykei tiritaba. Su nariz enrojecía y sus ojos centelleaban.
-¡Taxi!
Se acomoda en el taxi frotándose las manos y sorbiendo por la nariz.
-¿A dónde la llevo?
- Mhm... lléveme a alguna cafetería del centro que usted considere agradable.
Los coches hacían quejidos, los neumáticos resbalaban en el suelo y los semáforos estaban locos, nunca acaban por por ponerse de acuerdo.
- Está en Werëstrehz Café, Estocolmo. Es un sitio con un café y una bollería estupenda, le vendrá bien. Son 34 coronas.
- Gracias.- dijo mientras le pagaba la taxista.

Un señor que corría chocó con el codo de Zemelieth, ella se giró y reprimió sus ganas de abofetearle. Paró en un quiosco y compró un par de chocolatinas y dos regalizes. No saciaron su apetito. Su garganta se quejaba, su cuerpo entero la reñía. Necesitaba hervir. Werëstrehz Café quedaba cerca y además tenían una bollería y una carta de cafés estupendas.
Abrió la puerta y observó que la barra estaba llena. Optó por ir a una mesa. Cruzó el pasillo y en la mesa de la izquierda fue donde se paró su mirada. Donde sus pies se anclaron al suelo. Donde sus párpados quedaron petrificados.

Engullía los bollos con ansia. El café pasaba quemándole la garganta, no la importaba. Le gustaba sentir el hervor. Se limpió desmesuradamente la boca y al levantar la mirada hacia el pasillo todos aquellos movimientos llenos de ansia se ralentizaron.
- Zemelieth.
-¡Joder, Haykei.!- dijo Zemelieth mientras se dirigía a zancadas hacia la mesa.
Su abrazo duró poco más de 4 segundos y medio, ambas renegaban los abrazos duraderos.
Haykei estaba diferente. Sus ojos oscurecieron o eran las luces tenues del local. Su pelo caía revuelto entre sus hombros, el gorro los había despeinado. Lo que no cambió en ella fue esa espléndida sonrisa, esas perfectas comisuras. La tira recordatoria se asomó ante los ojos de ambas. Ellas se consideraban las únicas personas con la capacidad de revivir esas memorias sin necesidad de archivarlas. Se decían que era imposible archivarlas, ya que éstas aparecían como la tos, sin avisar. No hacía falta meterlas a colación, ni siquiera nombrarlas, pero una cosa está clara, siempre eran de lo más oportunas. La amistad regía sus vidas y eran ellas quienes, día a día, colocaban un ladrillo más para sostenerla y para hacerla más grande con el paso de los años.
Al cruzarse sus miradas fue solo una simple frase la que recorrió la mente de ambas: No se puede amar a los amigos, quererlos sí.

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