(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


viernes, 27 de mayo de 2011

Yo aún no sé nada.



Decían que era tan o más pequeña que un alfiler. Muchos lo decían por sus piernas, otros por sus ojos, que parecían hundirse en sus cuencas. La mayoría por su voz de niña pequeña, por sus faldas moradas, por su esmalte verde y por los calcetines que se ponía para tomar cereales. Yo no creo eso porque la conocí en un avión. Tenía hábitos poco comunes como guardarse las cáscaras de los cacahuetes en los bolsillos de las chaquetas para pintarlas en las tardes de los domingos. Me lo contó cuando estuve a punto de dormirme. No sé qué extremo del mundo sobrevolamos, pero allí me di cuenta de que era grande. Tenía la misma apariencia que la inociencia, la calidez de su mirada era idéntica a la de un niño rodeado de dulces y su delicadeza amansaba a las bestias. Pero yo sé cómo esa delicadeza se enciende y se convierte en lujuria cada vez que me piensa a solas en las habitaciones de los hoteles en los que viaja. Me ha contado repetidas veces cómo le gusta grabar los orgasmos que se le escapan en los espejos. Se hunde en ella mientras mira la profundidad de la mirada de su reflejo. En aquel viaje entreabrí la puerta del baño y presencié la soledad de la que intentaba deshacerse. Y yo no pude contenerme a entrar, despegarla de sus dedos y ser el responsable del escalofrío que experimentó cuando entré en ella. Dentro me di cuenta de que no era una niña, que se encogía como una culebra cada vez que la rozaban los muslos. Sólo aparentaba ser alguien lo suficientemente inmaduro como para no asumir sus responsabilidades y de ese modo se escaqueaba de las ataduras de la vida. Vivía por la vida, por el sexo, por los viajes y por ella. Nunca dejó de pensar en ella hasta que el corazón se le volcó. Es grande por no dejarse llevar y siempre lo supe. Pero tampoco supe que le arruinaría la vida. No fue mi intención hacer que se enamorara de mí. Cuando dejó de vivir por ella, la inocencia voló, saltó a la calle y para salvarse de mi recuerdo acudía al extásis que le producían las autopistas tóxicas. Por eso todo el mundo se alarmó cuando apareció con el rostro roto, los cristales de su mirada se encasillaban en sus mejillas y no podía más que tambalearse cada vez que intentaba mantener una postura. Yo nunca la quise. Sabía que era grande pero sólo me aproveché de ella. Yo sabía quién era y por eso sólo quise probarla. Yo ahora me he marchado sin despedirme de ella y, según tengo entendido, ella ha vuelto a viajar, ha vuelto a parecer la misma niña de siempre y sigue teniendo el corazón abierto en dos por mi culpa. Soy el culpable de su nueva vida al fin y al cabo y el cómo se desarrolla ésta, yo aún no lo sé.

5 comentarios:

  1. Eres grande, Rocío. Muy muy grande.
    (un corazón enorme de una fan incondicional).

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  2. Eso de aparecer y acto seguido marcharse le tuvo que hacer mucho daño.
    Me ha encantado.
    Un beso (enorme)

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  3. Cosas así tienen a muchas personas rotas en pedazos y reconstruidas con pequeños trocitos de celo...
    Un beso!

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  4. Me encanta como desarollas las historias...
    Yo he empezado un fragmento! Me gustaria que alguien lo leyera :)

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Tic tac. Déjame tantos segundos como quieras.