(todo hubiese sido diferente si nos hubiera pasado, todo aquello, en la azotea más alta de cualquier ciudad)


miércoles, 4 de mayo de 2011

Me bajé en la siguiente parada.


Ayer salí de copas con dos amigos. Un martes. Hasta yo mismo me siento extraño sólo con pensarlo. No bebí mucho porque soporto poco las palizas etílicas, pero me gustan los pubs oscuros, las siluetas que inclinan el codo, el olor a alcohol. A veces me siento con Y y con X y no hago nada, ni siquiera los escucho. Me encierro y punto. Esa es mi forma de evadirme.
Me acompañaron hasta la glorieta, arranqué mi moto y atravesé las estrellas que se reflejaban en las lagunas del asfalto. La primavera estaba llorando demasiado, debe de ser que tengo razón y que la enfermedad del mundo debe de estar clavándose hondo en su corazón. Ya empapado busqué refugio bajo una cabina de teléfono, la humedad empezaba a ablandar mi médula. La lluvia no amainó, así que salí, corrí y entré en el portal. Accioné el interruptor y evité el ascensor. Llevo evitándolo desde los trece años y, cuando le doy la espalda al subir el primer escalón, puedo oír al crujido de sus engranajes reírse. Siempre subo las escaleras deprisa porque ese sonido me atormenta, lo llevo grabado en mis pesadillas.
Entré en mi casa. No es gran cosa pero, al entrar, es como si me abrazara. En ocasiones noto tener un vínculo especial con las entrañas de estas extrañas paredes. Me duché y froté con hincapié cada extremo de mi cuerpo. Me miré al espejo y vi la pared grisácea del fondo. Si me concentraba, mis pupilas dilatadas hacían sombra. Apagué la luz y me metí desnudo en la cama. Miré el reloj y me sorprendí al ver la hora. Era temprano. Aún así, decidí resguardarme bajo el edredón. Fue a mitad de la madrugada cuando me despertó el temblor de mis mandíbulas. Me puse un pijama, cogí una manta beige y me deshice en un sueño profundo. Soñé con el ascensor hasta que el despertador, poco a poco y con una pequeña cuerda, la fue retirando de mis párpados, que se despegaron seis minutos después. 
El estómago estaba en calma y decidí no irrumpir su letargo. Cogí las llaves y me dirigí a la estación. Los miércoles me gusta ir en tren al trabajo. Esperé tres minutos y medio después de pagar el billete y me subí. Pronto estaba rodeado de una aglomeración de desconocidos considerable. Unos olían a sudor, otros resoplaban y miraban sus relojes, algunas mujeres se retocaban el maquillaje y algunos adolescentes dejaban oir a través de sus cascos la música que golpeaba sus tímpanos. No noté nada raro aun sintiendo que algo se me había olvidado. Me miré los pies, los zapatos impolutos que los escondían. Luego mis mangas, la chaqueta azul marino perfectamente planchada. Mi corbata anudada. Y entonces recordé que aquella mañana yo no había escogido esa corbata. Aquella mañana amanecí con ropa que yo guardaba en cajones que no había abierto. Me bajé en la siguiente parada.

4 comentarios:

  1. Ay, Rocío...no se que hacer contigo. ¿Qué más pasó? Que intriga, me encanta.
    Un beso.

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